e x t o s

 

 

   c  r  ó  n  i  c  a

04/08/2016


Control sobre el cuerpo
Carla Zumarán

Si algo podemos visualizar con claridad es que la relación que tenemos con nuestro cuerpo es totalmente personal. Algo sumamente íntimo. Esto se refleja en que por más que tratemos hay algo de indecible e indeterminable a la hora de exteriorizar el cómo se da esa relación. ¿Poseemos nuestro cuerpo? ¿Somos nuestro cuerpo? ¿Habitamos nuestro cuerpo? Es complejo determinarlo.

Lo que sí podemos percibir es que los distintos tipos de relación que podemos tener con nuestro cuerpo son algo que se van forjando a lo largo de nuestra vida con él, donde la tónica en la que estos se dan es mayormente en una relación de control. Desde la primera infancia se nos enseña a controlar nuestro cuerpo, a someterlo a nuestros deseos y costumbres. Los movimientos involuntarios no están permitidos, pues estos se consideran un error. La belleza y la perfección apuntan hacia el control; bailarines, deportistas y actores son alabados por la capacidad de entrenar y manipular su cuerpo bajo sus deseos. Son capaces de instrumentalizar sus cuerpos y usarlos para comunicar o impresionar, incluso ante la posibilidad de que no fuéramos nuestro cuerpo, ellos funcionarian como una unidad mente-­cuerpo sincronizada. Y en ese entrenamiento constante algo se pierde, algo debe pagar el artista corporal en la adquisición de ese control: la singularidad. En el actor esto se percibe en el que este debe abandonarse para dar cabida a otros personajes, a otras historias que albergan su cuerpo. El actor debe cederse a un otro ficticio, y esto lo logra no mediante un abandono de sí, sino por el contrario, a través de un control total de su cuerpo que ocupa para dar vida a ese otro. Así, el actor pierde a través del ejercicio de control de su cuerpo, trabajado para poder refugiar a los muchos seres inventados que son invitados a habitarlo, un poco de sí mismo. Es en la enseñanza, difusión y aprendizaje de múltiples técnicas de control donde la relación cuerpo­mente de los actores se va pareciendo, y por ende, perdiendo algo de su singularidad.

Independiente de la relación que tengamos con nuestro cuerpo, no hay vinculación entre una mente y un cuerpo más auténtica que la propia. En la singularidad de nuestra relación se encuentra vivo el lazo que nos permite entender sin lugar a dudas que aunque no podamos atrapar a esa conexión con palabras, está ahí y es necesaria para ambas partes.

“Nada es más singular que la descarga sensible, erótica, afectiva
que ciertos cuerpos producen sobre nosotros (o bien, inversamente,
 la indiferencia en la que nos dejan ciertos otros). Tal conformación,
 tal tipo de ligereza, tal color de pelo, un aspecto, cierta distancia
 entre los ojos, un movimiento o un dibujo del hombro, del mentón,
 de los dedos, casi nada, pero un acento, un pliegue, un rasgo
 irremplazable… No es el alma, sino el espíritu de un cuerpo: su
 punta, su firma, su olor”
Jean­Luc Nancy.

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