e x t o s

 

 

   c  r  ó  n  i  c  a

19/07/2016


Hacia otra resurrección de la carne
Megan Zeinal

Para el desafío de abandonar toda filosofía que jerarquice la razón por encima del cuerpo, es necesario levantarse contra el “logocentrismo parametralizante” -dice Facundo Ferreirós-, desistir de la carne como territorio. Deleuze exculpa a la materia al afirmar, en voz alta, que el cuerpo ya “no es el obstáculo que separa al pensamiento de sí mismo”[1]. Hace falta abdicar de aquel diseño frágil que invoca a la disociación como refugio.

Enunciar una problemática que deje de ser exclusiva de la razón, pasa por revivir lo inseparable. Sería un intento de que la inquietud deje de ser propiedad del logos para volverse conjunta, que deje de llamar al cuerpo como testigo de sus formas y lo devuelva sujeto. Inventar una reposición del pensamiento que no considere al cuerpo a su servicio de esclavo sino que celebre la yuxtaposición, la herejía hilemórfica.

Hace falta explorar una intuición que le suelte las cadenas a la carne, que renuncie a la administración y le permita al espasmo que escriba. Para Violeta Montellanos, tal dinámica implicaría “partir de nuestros cuerpos para llevar una micropolítica que otorgue sentido a nuestro pensamiento”, pero reconocer la huella que el cuerpo y el espíritu se ejercen mutuamente requiere de una inmediatez impronunciable. Una vulnerabilidad hecha poder abre a tal umbral de penumbras. Un poder tan agudo que iguala al de una piel quemada, y permite resquebrajar un orificio que al verbo le resulta infranqueable. Se requiere de una nueva pedagogía que habite lo que se conoció como frontera y abrace la fusión irremediable en la que el pensar se ampara. Se trata de una sensibilidad afilada que logre desestimar aquel borde y que por fin sea capaz de registrar la poesía en el pálpito.

Para ello, que el individuo se anime a habitar un cuerpo que ya no quiere morir siendo recipiente, que olvide su vergüenza animal, se reconcilie con la gravedad y se pronuncie como fiesta sensible. Es hora de que sea el pulmón el que controle la respiración, la ocasión y la idea. De recuperar la belleza del cuerpo como noche en la que “el no saber no sabe”[2], de imaginar cómo sería la recuperación de la vida sensible sin su abstracción, y sondear aquella síntesis en la que “ni la piel toca, ni es tocada, -en la que- se disuelve la dualidad, se aúna estremeciendo”[3].

Para acabar con la fisura, parece indispensable quedarnos en ese lugar donde la sed del cuerpo y del espíritu se entrelazan. Haría falta que la materia viva se rebele en igualdad contra el cogito cartesiano y logre lo indispensable: eximir a esta carne que sin voluntad ya estaba pecando. Para revivir al cuerpo sería preciso reconsiderar -como advierte Nancy- el indicio sexual[4], porque sin útero no hay idea.


[1] Deleuze, Gilles. La imagen-tiempo, Estudios sobre cine 2, Ed. Paidós, Barcelona, 1987.
[2] Mújica, Hugo. Dionisio Eros creador y mística pagana, Editorial El Hilodeariadna, Poema 24, II, Buenos Aires, 2016, pág.197.
[3] Ibíd.
[4] Nancy, Jean-Luc. 58 indicios sobre el cuerpo: extensión del alma, Ediciones La cebra, Buenos Aires, 2007, pág.34.

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