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   c  r  ó  n  i  c  a

05/11/2018


Sobre el cuerpo que baila

Viviana Diaz

Es imposible completar el pensamiento del cuerpo sin pensarlo en movimiento. Nuestra experiencia del cuerpo es en gran parte la de su movimiento. En Filosofía de la danza[1], Paul Valéry nos acerca a la experiencia de un tipo de movimiento en particular: la danza. Y es que pareciera ser que la danza es “singularizable” respecto de los otros movimientos. Algo pasa en la danza que no pasa en el caminar. Algo hace a la danza danza…

Paul Valéry nos da una interpretación de lo que hace danza a la danza. Se propone que la danza es “la (auténtica) acción del cuerpo transferida a un mundo no práctico”. Lo que pareciera ser clave en la identificación de un movimiento cualquiera como una danza es que el movimiento responde a una fuerza que no es la de la necesidad y satisfacción de la mera existencia. No existe razonamiento económico detrás del movimiento de la danza. O incluso fuera de la facultad del razonamiento: el momento de la danza pareciera liberarse de toda dirección y objetivo utilitario (quizás, pareciera surgir desde una fuerza no-reactiva). En ese sentido, la energía propia de la danza no terminaría por sí sola nunca, pues no tiene objetivo que cumplir y que por ello finalice un proceso de “descarga” energética. Lo que da término a la danza son shocks externos: el fin de la función, el agotamiento. La danza es el exceso del cuerpo.

Respecto de esa acción particular que hace danza a la danza, se identifica que la bailarina está bailando porque pareciera ser que en su cuerpo circula (trabaja, utiliza, e incluso se “norma” bajo el conocimiento de la técnica) una energía de movimiento diferente a la que corresponde al movimiento de supervivencia. Independientemente de los límites del conocimiento técnico que pueda tener una danza en particular, esa energía es identificable y “singularizante”. La danza es extraña porque, producto de un "shock" interno -auténtico, original, creativo- junta la inestabilidad con la regulación, la espontaneidad y la sabiduría. La fuerza de la acción de la danza es tal que es desregulada estando bajo regulación. O en otras palabras: la bailarina “derrocha inestabilidad”: forzándose al límite de lo que le es posible y bajo reglas de movimiento claras, lleva a su cuerpo a un estado excepcional, un estado de pura creación. La danza pareciera ser ese estado de cuerpo en que la energía energiza solo por energizar (quizás por eso es expresión, quizás por eso es arte). Nuevamente, la danza es el exceso del cuerpo.

Mucho más puede decirse respecto del texto en cuestión (mucho más discutimos en esta sesión). Existen muchas más aristas interesantes respecto a lo que es la danza filosóficamente y sin duda muchos más lugares desde donde mirarla. Sin embargo, encontramos algo interesante aquí: en la danza hay una fuerza interesante. Quizás incluso esa fuerza que estábamos buscando.


 

[1] Valéry, P., Filosofía de la danza, in “Revista de la Universidad de México”, n. 602-604, 2001, pp. 45-50.

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