e x t o s

 

 

   c  r  ó  n  i  c  a

30/10/2018


Terraplanismo: ¿acaso podemos ser heliocentristas?

Rafael Stockebrand

Georges Bataille, en El ojo pineal, abre decenas de preguntas e inquietudes, pero nos advierte de una sola cosa de la que está seguro, esto es, no podemos ser Ícaro, y nadie lo ha sido jamás.

Pero ¿cuál es la razón de esta imposibilidad? Podría ser que ni el cuerpo, ni el alma humana sean capaces de soportar las bajísimas temperaturas de la mesósfera o los más de 1000 grados Celsius de la termósfera.

 

Odd Nerdrum. Dawn. 1990

 

Pero también existe la posibilidad de que jamás podamos elevarnos hacia el sol, pues éste en realidad no existe; vale decir, que la tierra es en realidad plana y el cielo es, como creían los griegos, la superficie de una olla invertida (ὁ πνιγεύς); la cúpula celeste. Ambas tesis nos llevarían, entonces, a dos posibles conclusiones sumamente incómodas:

1. Que el Apolo 11 fue una farsa y el hombre nunca ha salido de la tierra.

2. Que la tierra no es esférica, sino una extensión plana y que es, a su vez, el centro del universo.

Pero ¿por qué hablar de esto? Bueno, pues porque Bataille a lo largo de su texto propone una reconversión del pensamiento, vale decir, que lo que creíamos verdadero y el cómo lo creímos nos ha imposibilitado elevarnos al sol que siempre hemos idolatrado. Si esto es así, entonces el discurso de la posibilidad de la erudición y la liberación platónica por medio del conocimiento sólo han sido caminos sin salida (αἱ ἀπορίαι), pues nuestra visión bifocal pretende dirigirse a la animalidad y a la divinidad sin lograr enfocar a ninguna de las dos. Lo que nos propone el autor, entonces, es generar una nueva visión que revierta la realidad, que transvalore lo conocido; esto es, un «ojo pineal».

Así, por medio de este texto nos incita a pensar aquel problema de la visión humana en 3 dimensiones distintas, estas son, desde la antropología, la política y la espacialidad. En definitiva, el objetivo del autor consiste en encender la alarma para que volvamos la vista hacia la realidad de que “el mundo es puramente paródico, es decir que cada cosa que miramos es la parodia de otra, o incluso la misma cosa bajo una forma engañosa”[1].

Así, el objetivo de esta crónica consistirá en exponer aquellas tres dimensiones señaladas, a saber, la parodia de la antropología, la parodia de la política y la parodia de la espacialidad.

 

I. La parodia de la antropología

El ser humano se encuentra en un conflicto neumático-visual, aquel consagra la función 1-a-1 del plano cartesiano. Éste se dirige hacia el sol, pero tiene los ojos encajados en el cráneo mirando hacia el frente. Hablamos aquí del «Homo erectus horizontalis». Pero ¿hacia dónde se dirige aquel a través del eje de las ordenadas? Pues hacia el sol (ὁ ἥλιος) lo que recuerda fuertemente al sol platónico o al παντοκράτωρ del cristianismo primitivo, mal que mal, todo el texto de Bataille está dirigiéndose constantemente contra la filosofía iluminista.

A lo largo de la historia del pensamiento occidental el ser humano ha intentado infructuosamente mirar directamente al sol, quemándose las retinas en el intento. Platón describe, en República VII, el recorrido que emprende el fugitivo de la caverna, quien es encandilado por la luz y le toma tiempo y esfuerzo voltear la cara hacia el sol. Sin embargo, Bataille advierte lo siguiente: “los ojos humanos no soportan ni el sol, ni el coito, ni el cadáver, ni la oscuridad, sino con reacciones distintas”[2]. Esto quiere decir que los grandes tópicos se encuentran siempre por sobre éste. El sol representa el conocimiento y la verdad más allá de la comprensión ordinaria. Así, nuevamente con Platón vemos que aquel se encuentra más allá del ser. Para Nicolás de Cusa, Dios está detrás del «ser y no-ser» y, a su vez, detrás del ««ser y no ser» y «no-ser “ser y no-ser”» y así al infinito. Para Descartes, Dios es constatado por medio de la idea de infinito que, al ser superior al cogito, debió haber sido puesta en él por un ser superior, el mismo Dios, etc.

Tal vez, uno de los pocos autores que han podido clamar haber tocado a Dios con sus propias manos es Hegel. Pero aquí no seguimos la Aufhebung hegeliana, sino todo lo contrario, en efecto Bataille explica que: “los árboles que crecen con fuerza acaban quemados por el rayo, talados o desarraigados. Devueltos al suelo, se elevan idénticamente con una forma distinta”[3]. Y más adelante expone que: “los seres humanos, aunque son faloides como los árboles (…) desvían necesariamente los ojos”[4].

El hombre comprende o presiente que la elevación hacia el sol implicará su muerte, tal vez desde Prometeo sabemos que la búsqueda del conocimiento trae consigo el castigo divino. Sin embargo, el sol se acerca a éste y le muestra las sombras y las iridiscencias. Aquel cae sobre la tierra violando[5] su indeterminación y dividiendo sus elementos en formas de representación. Esto corresponde a una gran metáfora del pensamiento intelectual, viril y creador de discursos que constituyen la diferencia de un mundo que es, en principio, sólo una parodia. O, al contrario, la representación y el ejercicio de la intelección sólo reproduce parodias, irrealidades que tienden constantemente a persuadir diciendo: «¡Miradme! Soy lo real, la realidad misma». Pero, los hombres “se esforzarán en buscarse ávidamente unos a otros: nunca encontrarán más que imágenes paródicas y se dormirán tan vacíos como los espejos”[6]. En definitiva, el autor denuncia, por un lado, que el pensamiento que se erecta y busca infructuosamente alcanzar el sol sólo eyacula parodias y construcciones falsas; y, por el otro lado, que este intento de elevación es infértil, un ejercicio infinito, interminable e inútil. Pues, lo que se pone en juego, finalmente, es la ficción de la subjetividad creada por el ejercicio del eje vertical. Por esto, Bataille habla de «Jésuve», una figura, en cierto modo, analogable al cogito cartesiano, al Dasein heideggeriano y, finalmente, a toda figura filosófica del «yo» que se haya creído tan poderoso como el mismo sol. Pero no es así, nadie es el sol, el sujeto jamás será un Sonnenmensch.

 


Joel-Peter Witkin. Woman masturbating on the moon. 1982

 

“Acostado en una cama junto a una chica que ama, olvida que no sabe por qué es él, en lugar de ser el cuerpo que toca”[7]. Esto no sólo es la frustración de estar esclavizado por la parodia, sino que también su negación o diferencia, a saber, lo que no es yo. Por esto se dice que: “la chica ausente e inerte que está suspendida en mis brazos, sin hacerme ilusiones, no me es menos extraña que la puerta o la ventana a través de la(s) que puedo mirar o pasar”[8]. En realidad, para el autor no somos más que personajes olvidados vagando por departamentos polvorientos[9]. Vale decir, la identidad es solamente una personificación. Y no sólo la personificación, sino que, además, la distinción con lo que, aun siendo «no-yo», nos muestra que la diferencia ha sido sólo una arbitraria separación del pensamiento representacional. “Ignorándolo todo, sufre a causa de la oscuridad de la inteligencia, que le impide gritar que él mismo es la chica que olvida su presencia agitándose en sus brazos”[10]..

Queda preguntarse ¿por qué el ser humano no alcanza el sol y sólo se contenta con el mundo de las parodias? Para responder esta cuestión nos apoyaremos en el fenómeno fisiológico del rubor, lo que permitirá proponer una interpretación a la relación entre la «Binocularidad» y el «Ojo pineal».
 

“Cuando tengo el rostro inyectado en sangre, se torna rojo y obsceno”[11].

 

Aún no es claro el sentido -si se desea realizar una lectura antropomórfica del cuerpo- del enrojecimiento al avergonzarse. Sin embargo, la medicina ya nos explica que se debe a causa de la adrenalina y, por lo tanto, consiste en una respuesta fisiológica-instintiva. Y, aun siendo ésta positiva en la medida que, de manera directa o indirecta, consiste en un mecanismo de sobrevivencia de un tipo muy especial y propio del ser humano, aquel nos aleja del «Deus Sol Invictus», pues el enrojecimiento, y con ello el cuerpo entero, nunca es ni Uno (τὸ ἔν), ni Bello (καλός), ni Bueno (ἀγαθός), ni Verdadero (ἀληθής).

 

 

Lo que sucede es que no hemos logrado despegarnos de la condición de ser cuerpo animal (corpus animalis[12]). El ser humano mira hacia arriba y también hacia adelante, sin embargo, al igual que el Asno de Buridan

Y si pudiese decidirse, Bataille preferiría morir antes que vivir de la recurrente parodia de la representación: “Desearía ser degollado violando a la chica a quien hubiera podido decir: eres la noche”[13]. En definitiva, si exclamo, en un orgasmo representacional, «eres la noche», entonces automáticamente, en una erupción solar, yo soy la «no-noche» o «yo no soy la noche». Y más aún, si «eres» entonces «soy».

 

II. La parodia de la política

La reflexión en torno a lo político es menos evidente a lo largo del texto, no obstante, aquella se concentra en la siguiente cita:
 

Los obreros comunistas parecen a los burgueses tan feos y tan sucios como las partes sexuales y velludas o partes bajas: tarde o temprano tendrá lugar una erupción escandalosa en el curso de la cual las cabezas asexuadas y nobles de los burgueses serán cortadas.[14]
 

Partes pudendas, lo feo y terrestre, nada que ver con las calvas brillantes de los burgueses buscando infructuosamente el cielo. Por algo también los fascismos han tenido una fuerte relación con el sol, el Sonnenmensch relacionado con el hitlerismo o el imperio del sol naciente

En este caso, como dice Bataille: “el hombre podría asimilarse al águila de los antiguos, que, por lo que se pensaba, miraba al sol de cara”[15]. El águila, el emblema de gobernantes y dioses, presente en Roma, la Alemania Nazi, el dólar americano y en tantas otras potencias soberanas. Todas representan lo mismo, la búsqueda del sol y el desprecio por lo terrestre; por los obreros. Pero al guillotinar la cabeza todo se volvería noche, oscuridad, fuerzas inidentificadas y torpes agolpándose en espacios indeterminados, proletario y burgués, dama y vagabundo. La decapitación como pena capital acalla los espantosos alaridos de terror del condenado, pero la cabeza siempre sobrevive unos segundos luego de ser separada del cuerpo, ¿Acaso la decapitación, entonces, es el silencio total? No será que, como las cucarachas, el cuerpo/tallo puede vivir unos días hasta morir de inanición. Mal que mal, Cristo bajó desde los cielos () para convertirse en las zonas más pudendas de todas, tal vez, aquel no haya sido más que genitalidad, un mero terrícola; y, aun así, era el Rey (ὁ βασιλεύς) y, luego de su martirio, su doctrina ha sobrevivido por más de dos milenios.

 

III. La parodia de la espacialidadd

Finalmente, todo lo recorrido hasta ahora podría resumirse en una filosofía de la espacialidad; en un pensamiento que busca revertir el «arriba y abajo» en donde, ahora, «arriba» sea «abajo» y «abajo» sea «arriba».

[16]. El arriba del sol baja a la tierra, estremece la marea, reacciona con las plantas y éstas, al igual que el hombre, lo buscan. Podríamos decir que Bataille propone invertir los polos para mostrarnos que el sol no se toca y la tierra no se deja, o sea, que sólo somos indeterminación buscando inútilmente la luz de la representación ˗Terraplanismo..

Sin embargo, ¿acaso cambiando el arriba por el abajo y el abajo por el arriba, invirtiendo la polarización, no estaríamos reproduciendo la antigua lógica de la preeminencia de uno sobre otro? Ahora no somos plantas que se adentran en el firmamento desafiando a los dioses (así como los proto-humanos del discurso de Aristófanes o la torre de Babel (), sino que bulbos, tubérculos que perforan la tierra para quedarse en ella. Vale decir, pasamos de una tradición que ha encomiado el sol, el cielo y el intelecto por una que elogie la tierra, el mar y la animalidad. Y esto no representa novedad alguna, pues no es lo que está intentando realizar Bataille. De hecho, aquel explica que: “Los elementos sólidos que contiene [el mar], removidos por el agua animada de un movimiento erótico, resplandecen en forma de peces voladores”[17]. Vale decir, se vuelve a trastocar la polaridad para invertirla nuevamente, el mar y la tierra también se masturban. El arriba es y no es abajo, pues no hay ni uno, ni el otro. Pensar en lógicas de «arriba y abajo», «yo y tú», «sol y tierra», «terraplanismo y heliocentrismo» no es la solución. La única forma de seguir el proyecto de Bataille es cortar los falos y dejar que de ellos nazcan volcanes que irrumpan hacia todas partes en un espacio -si es que se puede llamar así- que no tenga ni arriba, ni abajo, adelante o atrás; que no sea, en realidad, un espacio.

El Homo erectus horizontalis batailliano se siente encerrado y claustrofóbico en el plano cartesiano. Será mejor cortar su cabeza y liberarlo.

 

[1] Bataille, G. El ojo pineal. Valencia: Pre-texto. 1997. 15.

[2] Ibidem. 21.

[3] Ibidem. 19.

[4] Ibidem. 20.

[5] Cfr. Ibidem. 22.

[6] Ibidem. 18.

[7] Ibidem. 17.

[8] Ibidem. 18.

[9] Cfr. Ibidem. 17.

[10] Ibidem.

[11] Ibidem. 21.

[12] Ibidem. 80.

[13] Ibidem. 22.

[14] Ibidem.

[15] Ibidem. 83.

[16] Ibidem.20.

[17] Ibidem.

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