e x t o s

 

 

   c  r  ó  n  i  c  a

11/09/2018


Perderse en la multitud.
Poe y un paseo con la literatura

Matías Rivas Vergara

La lectura del cuento El hombre de la multitud (The Man of the Crowd, 1840) produce algo más que una admiración estilística por aquella técnica de crear relatos que su autor, el célebre Edgar Allan Poe, llamó una filosofía de la composición. Fuera de la perfecta circularidad de la estructura formal del relato y del notable ensamble de los elementos que lo componen, el cuento de Poe nos invita a una reflexión que no puede circunscribirse meramente a la fascinación que Cortázar siempre expresó por uno de sus más conocidos mentores literarios. En el relato, Poe desaparece como autor y como teórico literario, dejando que solamente la literatura sea nuestra interlocutora e invitándonos a dar un paseo por la multiplicidad en la que ella suele cobijarse.

Asombrado ante la claridad de su visión, el narrador del cuento es como el lector de novelas que se enfrenta súbitamente ante la descripción literaria y ve, en el exceso que la literatura brinda a la imaginación, cosas que antes no veía. Todavía convaleciente de su enfermedad, pero con renovada sed perceptiva, el narrador del relato de Poe se lanza, cual Heinrich von Ofterdingen, en busca de la flor azul oculta tras los innumerables fragmentos que la realidad ofrece una vez disipada “la neblina de la visión mental”
[1]. Con ojos lúcidos, la razón del narrador se dispone a quitar el velo de la realidad mediante una observación metódica y minuciosa que le permita ordenar los fragmentos disparatados e inconsistentes que aparecen ante sí. De este modo, el narrador, tal como el filósofo (Leibniz), se propone sobrepasar lo fragmentario e incognoscible, anhela ordenar el caos de significaciones múltiples y ambiguas que no tienen cabida sino en la retórica. En su lucha virtual contra el sofista (Gorgias), el narrador quiere internarse en la claridad enceguecedora de un texto que no admite más que una sola lectura posible.

En la descripción de la observación que realiza el narrador del cuento, la muchedumbre de Londres va apareciendo poco a poco, ante el lector, en unidades comprensibles: grupos de hombres y mujeres pertenecientes a clases sociales diferentes son fácilmente reconocibles por su vestimenta e incluso por sus movimientos. Siguiendo el método deductivo del filósofo, desde lo más general y abstracto hasta el más particular y concreto detalle, el narrador permanece absorto en su descripción de la multitud que pasa sin cesar por la transitada calle londinense en la que se encuentra el hotel donde se hospeda. A medida que avanza la hora y la luz solar da paso al crepúsculo y a las lámparas de gas de brillo amarillento y opaco, la descripción del narrador –quien además ha descrito en secuencia ordenada los distintos grupos sociales de la muchedumbre, desde los más ‘altos’ y ‘ordenados’ a los más ‘bajos’ y ‘toscos’- comienza a tornarse, paradójicamente, aún más detallista: “Todo estaba oscuro y, sin embargo, se presentaba espléndido […] Los caprichosos efectos de la luz me llevaron a examinar cada uno de los rostros individualmente””
[2].

Al momento en que la niebla comienza a cubrir el espacio urbano londinense, oponiéndose a la disipación de la ‘neblina mental’ que experimentase el narrador del cuento al comienzo de este, un rostro –la singularidad misma, el último de los escalones del método deductivo- acapara la atención del narrador “a causa de la absoluta peculiaridad de su expresión”
[3]. El rostro, que resulta ser el de un viejo decrépito, aparece ante el observador-narrador como la imagen del Mefistófeles de Goethe, símbolo de la máscara y de lo ambiguo. En su resistencia a ser identificado con precisión, en su absoluta irreductibilidad a la razón, el viejo acaba por obsesionar al narrador del relato, al punto de que le parece poder leer en él la historia que “lleva escrita en su interior”[4]. Loco de curiosidad, comienza a seguirlo por entre la multitud, deseando “saber más de él”[5].

A medida que la persecución transcurre, los intentos que hace el narrador por definir y determinar la identidad del viejo no dejan de fracasar. La capa que lleva y que se ve andrajosa, cuando queda expuesta a la luz de las lámparas parece, sin embargo, ser de fina procedencia; tras la capa, asomaba algo que podía ser tanto una daga como un diamante. La ambigüedad resulta ser lo único que el observador-narrador consigue constatar en el viejo, pero esto mismo es lo que aumenta todavía más su curiosidad. Siguiéndolo durante toda la noche y el resto del otro día, el narrador se percata nada más que del incesante ir y venir del viejo, sin rumbo y sin sentido alguno. Deseando descubrir al anciano, develarlo en su esencia más íntima, el narrador, no obstante, toma siempre las precauciones para no ser visto. El pudor de la búsqueda y el temor a lo desconocido e inquietante han reducido la claridad analítica del anteriormente lúcido observador, quien conserva de todos modos su férreo deseo por saber quién es aquel viejo. Tras volver, luego de pasar por los barrios más ‘sucios’ de Londres, al punto del inicio de la persecución y seguir, vanamente, en busca del destino del viejo, el narrador-observador se encuentra agotado y decide poner fin a su curiosidad: poniéndose frente al viejo, lo mira a la cara esperando una reacción, un reconocimiento, una señal. En lugar de responder al llamado anhelante del rostro del narrador, el viejo sigue su camino como si nada anormal hubiese en frente suyo. Incapaz de lograr su cometido, el narrador-observador deja de perseguir al viejo y concluye que se trata de “el hombre de la multitud”, aquel que ‘lasst sich nicht lesen
[6] (‘que no se deja leer’).

Dos lecturas posibles surgen de esta interpretación, pero ambas terminan en un paseo por entre la multitud. La primera de ellas tiene relación con la temporalidad y la espacialidad: ambas han sido, sobre todo desde Kant, las categorías límite de la experiencia humana. En el relato de Poe, a partir de la continua danza de movimientos entre el viejo y el narrador que lo sigue, el tiempo y el espacio parecen perderse, valga la paradoja, en el propio tiempo y espacio de la experiencia del narrador. ¿Cuál es el tiempo del cuento? ¿Transcurren dos atardeceres o se trata de algo diferente? ¿Cuál es el espacio del relato? ¿Se trata de Londres o del espacio de la multitud en general? Ambas categorías parecen indeterminables y las preguntas aquí hechas quedan suspendidas en el relato de Poe a partir de la descripción del narrador y de la tensión que esta provoca en el lector. Por lo demás, esta tensión es la misma que experimenta el narrador-observador, a quien no le importa el tiempo transcurrido ni el espacio recorrido con tal de conocer la identidad del viejo.

Atrapado en dicha experiencia, el lector mismo olvida también que no conoce la identidad del narrador. ¿Quién narra? ¿Cuál es el ‘yo’ del cuento? La ausencia de un sujeto enunciador determinado muestra también la constitución propia de la multitud que no se deja individualizar, de la realidad múltiple que no se deja reducir ni aprehender. En el paseo estéril que el narrador y el viejo dan por la ciudad, acompañándose involuntariamente, los cuerpos y accesorios antes descritos y caracterizados minuciosamente por el narrador pierden progresivamente su forma y se convierten en el telón de fondo –meramente material y ya no con un fondo ‘espiritual’ o de ‘sentido’- de un escenario que se mueve inmóvilmente. La búsqueda termina con la sentencia aporética del narrador: el viejo es ‘el hombre de la multitud’, es decir, no es, no existe, ya que no está individualizado, no tiene nombre y, por lo tanto, no se deja leer. La búsqueda, paradigma de la filosofía, se revela como lo estéril por excelencia, pero, a la vez, como lo único necesario (incluso lo único posible).

Es esto lo que, precisamente, abre la posibilidad de una segunda lectura: el relato de Poe funciona como una descripción de la literatura misma, del propio acto de escribir. La escritura es un paseo entre la multitud: escribir es perderse. Seguimos el paseo que nos propone la literatura pretendiendo encontrarnos con ella cara a cara y develar, al fin, su misterio. Ansiamos el significado último, la interpretación inequívoca que resuelva la angustiante ambigüedad del texto. Tal como el narrador del cuento de Poe, al leer y al escribir, al hacer literatura o filosofía -o cualquier otra actividad lingüística- nos lanzamos una y otra vez en busca de esa singularidad que parece haber sido al fin aislada entre tanta multiplicidad, ese viejo enigmático e inquietante al que no podemos dar caza y que, cuando parece que lo hemos atrapado, tras una larga y agotadora persecución, pasa, nos engaña, ignora y elude, es y no es; verdadero y ficticio, permanece en su total ambigüedad a la espera de que, nuevamente curiosos, nos lancemos, tal como el flâneur, el callejero y vagabundo errante, en la incesante e inútil búsqueda-espera de nada-todo, en el agotamiento perpetuo en el que consisten la literatura, la poesía, la filosofía… todas modalidades ilustres del flânerie, del pasear sin rumbo hasta perderse, al igual que ‘el hombre de la multitud’.


[1] Poe, E. A., El hombre de la multitud, p. 68.

[2] Ibíd., p. 73-74.

[3] Ibíd., p. 74.

[4] Ídem.

[5] Ídem.

[6] Ibíd., p. 80.

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