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11/09/2018


Las fuerzas que animan la parodia

Tomás Flores

El ano es tal vez para Georges Bataille esa apertura del tracto digestivo al sol que procede desde el interior hacia el exterior y que invita a considerar la superación de la distancia que hay entre nosotros y los objetos aparentemente más lejanos. En su escritura metafórica se expresa algo de la sexualidad como movimiento universal, en la que el ano solar representa la relación primitiva del hombre con el Sol, con la idea. Pero esta imagen involucra también a la relación sexual de la lluvia con la atmósfera, del cadáver con la muerte, de la oscuridad con la luz, es decir, convierte las jerarquías en juegos de interdependencia.

Habitualmente usamos únicamente eufemismos para referirnos a todo esto. Es solo en lo imaginario donde los hombres “muerden” el ano solar. Sin embargo, aquí Bataille va hasta nombrar al ojo pineal para mostrar que todo estaría ligado si el cuerpo encontrara su espacialidad propia y si se lograra abarcar con una sola mirada el trazado en su totalidad.

Por ello, el antropólogo debería estudiar al hombre en su fase culminante en un tiempo porvenir, y ya no como un ser realizado. Habría que considerar el brillo del sol, la vinculación con los meridianos terrestres, por fuera de su dimensión objetiva. Habría que considerar a todo lo existente como si se tratara de personajes que se relacionan, como si se debiera referir todo a la vida y a las fuerzas que la mueven.

De este modo, el ojo, en tanto que órgano pineal, es decir, en tanto que glándula endocrina, y desde su relación con la cabeza, puede invertir la posición de esta última como parte superior del cuerpo. El ojo pineal acumula las fuerzas que perturban al cuerpo y que, inconscientes, lo orientan hacia la visión dirigida hacia arriba, alejándolo de la horizontalidad terrestre. Tal como las plantas, los hombres están orientadas verticalmente, pero esto solo es posible porque las raíces tienen una relación horizontal con la tierra. Los humanos son volcanes, lo cual no los hace menos inefables. Pero finalmente de lo que se trata es de la posibilidad de un punto de vista: del juego que se da entre el cuerpo y el anillo solar y de las respuestas que el juego suscita en el cuerpo.

Habría que proceder como si se pudiera hablar del amor del hombre hacia aquello que lo mueve y viceversa. Es decir, como si se pudiera hablar del humano desde un punto de vista no-humano. Esta dificultad no impide que se alcancen a ratos ciertos estados momentáneos de serenidad, pero por lo general el hombre se encuentra en una agitación profunda, en un juego de fuerzas sin fin. Desde ese punto de vista, nos percatamos que el orden que supuestamente rige las cosas que miramos es siempre engañoso. Su combinación solo es posible en una contemplación que nos afecta corporalmente. Pero el resultado de esta contemplación solo se hace evidente de manera exterior, perceptiva, visual, produciendo una sensibilidad meramente empírica. Lo que, en cambio, no resulta evidente son las regiones de duración diversa, que solo se nos aparecen condicionadas, terrestres, como meras imágenes del “amor terrestre incondicional”, “erecciones inmediatas”. A pesar de ello, persisten hábitos perceptibles e indiscutibles como la habitación, el trabajo, la nutrición, los medios de producción. Sistemas innumerables que, de todas maneras, son agitados por fuerzas invisibles.

Y encima de todo, el ano solar. Todo es puramente paródico, es decir, que cada cosa que miramos es la parodia de otra, o incluso la misma cosa bajo impulsos diversos, sin que esto impida su compleción en el sistema horizontal-vertical, de manera que, el humano sea, justamente, siempre pensado desde un punto de vista.
 

 

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