e x t o s

 

 

   c  r  ó  n  i  c  a

04/09/2018


Contaminación de cuerpos y ausencia de sujeto-soberano en la ‘visión pineal’ de Georges Bataille

Matías Rivas Vergara

Bataille nos propone realizar el viaje sin retorno de Ícaro. ‘Acérquense al sol y verán cómo caen al mar’. Ícaro es una figura que representa la verticalidad, el ascenso anhelante en busca del origen de la luz que el sol derrama; el ”ano solar”, la “noche”; erección que se trunca en la nada; vértigo nauseabundo que riega con postrero vómito la tierra yerma; anhelo pudoroso de diseminación…

Podríamos seguir alargando y complicando este inicio, pero basta, por ahora, con cerrarlo con unos versos de William Blake:

Without contraries is no progression.
Attraction and repulsion, reason and energy, love and hate, are necessary for human existence.
From these contraries springs what the religious call Good and Evil.
Good is the passive that obeys reason;
Evil is the active springing from Energy.
Energy is the only life, and is from the Body; and Reason is the bound or outward circumference of Energy.
Energy is eternal delight.[1]

En este poema, los contrarios Bien y Mal se invierten. El Bien es lo que conserva y obedece a la razón, el Mal es lo vital y creador. Más allá de las implicancias teológicas, lo que está en juego aquí es la inversión (y transgresión) de los términos, es decir, la posibilidad de dar cabida a esa “energía” que es “eterno goce”. En cierto sentido, esta es también la propuesta de Bataille: liberar el juego eterno de las pasiones, “darse sin restitución al abandono sin límite”[2], como dice Maurice Blanchot en La comunidad inconfesable. Se trata de experimentar lo que está más allá de “la atadura” de la Razón, del círculo que constriñe la mirada del ser humano a la horizontalidad (de salir de la postura pudorosa de la burguesía), en fin, se trata de ‘abrir’ el “ojo pineal”.

Otra figura simbólica, ahora ya no escrita, sino que ilustrada, ayuda a pensar la propuesta de Bataille. Hablamos de la ilustración que se encuentra en la portada de la revista Acéphale, la que él creó junto a Roger Caillois, Pierre Klossowski, André Masson, entre otros. En ella se representa al acéfalo, un cuerpo decapitado a modo de antítesis del Hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci. En sus manos, el acéfalo sostiene una daga y un corazón llameante. En el vientre, las entrañas saltan a la vista y, arriba, en lugar de pezones, se sitúan dos estrellas. Para terminar, el acéfalo cubre sus genitales con un cráneo.
Los simbolismos son muchos, recordemos que Bataille participó también del movimiento surrealista. Intentemos entonces una aproximación a los símbolos que construyen el acéfalo: en primer lugar, la ausencia de cabeza es, literalmente, la ausencia de soberanía, ausencia de líder y, por supuesto, ausencia de razón y de sujeto. Las herramientas del acéfalo, la daga y el corazón llameante, son símbolo de la Revolución y del fuego solar, el principio de la vida (aunque también puede leerse como una alusión al Sagrado Corazón de Jesús, incluso el mismo acéfalo puede ser visto como un crucificado acorde a la época que vive Bataille: el sacrificado por excelencia, el cuerpo mismo). Las entrañas a la vista remiten a la figura mítica de Prometeo, el titán que ‘bajó’ el fuego a los seres humanos y que fue castigado por Zeus: el castigo consistía en que un águila le devoraba las entrañas eternamente. Por último, el acéfalo posee un cráneo en lugar de genitales, esta es la máscara del sujeto: oculta la razón y, puesta allí, oculta también el falo cortado.

Con estos antecedentes, entremos ahora en el texto El ojo pineal. En él, Bataille comienza indicando que el mundo es una parodia, el gran simulacro donde reina la cópula creadora de lazos. El mundo es la ficción literaria (y filosófica). El ser es el órgano de la cópula por excelencia, es la palabra-falo. El amor, dice luego Bataille, es aquello que se da en la cópula: la unión de lo que no puede concebirse como unido, artificiosa unificación de lo heterogéneo y múltiple, penetración violenta que une dos cuerpos. El amor es la extralimitación, la salida hacia el afuera: el afuera-dentro. ¿Dónde está el límite de los cuerpos? Allí todo es cuerpo, carne, materia, elementos. El amor, o, mejor dicho, el erotismo, es lo que mueve. Es movimiento incesante e insaciable. La existencia es el acto sexual que no cesa, eterno retorno de erección y languidez, subida y caída. Para Bataille, los movimientos naturales son fenómenos eróticos. La naturaleza es obscenamente erótica; tallos y plantas resemblan falos enhiestos que miran al sol y luego languidecen; insertan sus raíces en la tierra y se nutren de la humedad; proyectan su nube y esta vomita lluvia; los volcanes excretan la materia de la tierra, humedecen, queman y secan todo alrededor. La comunidad cósmica se juega entre diseminación y pulverización.

Escapando a la visión de este escándalo, el ser humano, pudorosamente, observa hacia el frente (le gusta ir al frente, ponerse firme como militar, siguiendo la metáfora de Bataille donde la ‘erección racional’ lleva al fascismo), vive la existencia horizontal mediante los ojos de la razón. Se erecta, ciego, hacia el sol, evita mirar la gran sombra que yace tras él, la noche del ano solar. “Jésuve” es quizá la figura que representa, para Bataille, el sacrificado primordial, lo que el ser humano evita con la mirada, con la “visión habitual”. El decapitado, el Jesús-Vitruvio-Vesubio, dios-hombre-volcán que excreta de sí su razón, que se lanza al afuera, que decapita su subjetividad y renuncia a la soberanía volviéndose carne. Según Bataille, la visión habitual, la de la razón, se contrapone a la “visión virtual”, la del ojo pineal. Este desea penetrar la profundidad insondable, ingresar en la noche; penetrar es así querer decapitarse, fundirse en el afuera, perder la soberanía del sujeto.

La “noche”, para Bataille, esa que llama también “el ano solar”, es la fuerza del derrame, de la excrecencia, de la diseminación (de la inseminación, del ‘entrar’ en comunidad); el día, por su parte, es la fuerza de erección, la fijeza, el momento enhiesto de la soberanía.El ojo pineal “sugiere o solicita una angustia”[3], dice Bataille, anhela ‘la náusea del vértigo’, desea el derramarse en la noche, vomitarse a sí mismo, quemarse como Ícaro ante el sol y caer luego al mar. Tal como en la experiencia de este personaje mítico griego, la erección acaba por languidecer y sucumbir. El sujeto, enhiesto y racional, acaba por ‘decapitarse’ y entrar en las profundidades de la noche, marina y acuática, que así riega la tierra yerma.

Entre metáforas y símbolos, entre surrealismo y psicoanálisis, el texto de Bataille nos lleva a plantearnos el problema de la comunidad, de la imposible (¿posible?) comunidad de los cuerpos, comunidad anhelada y anhelante que requiere de la decapitación, de la ausencia de sujeto soberano. La pregunta de fondo de Bataille, resumida, es quizá muy bien expresada por Jean-Luc Nancy en su ensayo de postfacio a la edición española de La comunidad inconfesable de Blanchot: ¿cómo pensar lo común, lo conjunto, lo numeroso?[4]. Para Blanchot, por su parte, la que podemos llamar ‘comunidad erótica’ de Bataille es una comunidad de los que se abandonan sin restitución a sí mismos[5], “comunidad de los sin comunidad”[6], como decía el mismo Bataille. En esta comunidad batailleana, la muerte del sujeto es la perfección del goce de la existencia, es la liberación de la energía del cuerpo de la que hablaba William Blake; la pluri(in)soberanía de los cuerpos. Se trata entonces de una comunidad del éxtasis de la carne, una comunidad ‘ab-soluta’ (absuelta), sin separación alguna, inmaculadamente contaminada o pura en su concepto de co-munidad. La comunidad de Bataille es el abandonarse en común[7], ser-yacer (en la tierra, en la carne) con el (cuerpo) otro.

Si Bataille pretendía cierto sentido de lo sagrado o lo religioso, si anhelaba una comunidad primordial, religiosa en el sentido de ‘religante’, quizá fue porque se percató de que es imposible, como dice Nancy, pensar la comunidad (esa palabra tan usada en el siglo XX) fuera de lo religioso[8]. ¿O es que la comunidad puede constituirse como aporía entre la extrañeza y el encuentro o entre el éxtasis nocturno y la hierofanía luminosa?

Quizá la comunidad que plantea Bataille, sin sujeto soberano y plenamente contaminada y habitada por cuerpos-carne abandonados a su materialidad sagrada, sea la última de las utopías que la palabra ‘comunidad’ se ha reservado para sí misma desde la Revolución Francesa. Esta creyó que podía fundar una comunidad a partir del regicidio, pero olvidó guillotinar al ‘soberano’ y solamente multiplicó las cabezas de la Hydra. La pregunta que nos queda entonces tras leer a Bataille es, parafraseando en parte el gesto de Lacoue-Labarthe en La fable: ¿somos capaces de comunidad? ¿se puede abrir el ojo pineal? ¿o solo nos queda el simulacro, la ficción, la parodia de una (im)posible comunidad?

 

[1] Fragmento de The marriage of Heaven and Hell. Traducción: “Sin contrarios no hay movimiento. Atracción y repulsión, razón y energía, amor y odio, son necesarios para la existencia humana. De estos contrarios surge lo que los religiosos llaman Bien y Mal. Bien es lo pasivo que obedece a la Razón, Mal es lo activo que brota de la energía. La energía es la única vida, y es del Cuerpo; y la Razón es la atadura o circunferencia exterior de la Energía. La Energía es eterno goce”.

[2] Blanchot, M., La comunidad inconfesable, Madrid: Arena Libros, 2002, p. 34.

[3] Bataille, G., El ojo pineal, Valencia: Pretextos, 1997, p. 65.

[4] El ensayo de postfacio de Nancy se titula La comunidad afrontada. Cf. Nancy, en Blanchot, M., cit., p. 102.

[5] Cf. Blanchot, M., cit., p. 34.

[6] Citado en Blanchot, M., cit., p. 47.

[7] Cf. Blanchot, M., cit., p. 49.

[8] Cf. Nancy, en Blanchot, M., cit., p. 116.

 

atrás