e x t o s

 

 

   c  r  ó  n  i  c  a

29/05/2018


El cuerpo de la escritura como materialidad en superficie

Carol Martínez

Los verdaderos poetas son de repente:
nacen y desnacen en cuatro líneas,
y nada de obras completas.
Gonzalo Rojas

Los pájaros no ignoran que muchos poetas jóvenes torturan
las palabras para que ellas den la impresión de profundidad.
Se concluye que la literatura sólo sirve para engañar
a pobres gentes respecto de una profundidad
que no es tal.
Juan Luis Martínez

Lacoue-Labarthe en La fábula (literatura y Filosofía)[i] alza la pregunta que está incubada desde el “origen” –origen que es necesario tachar de inmediato- de la filosofía. La pregunta se refiere a la filosofía y su forma, lo que nos remite a la cuestión de la relación problemática entre la filosofía y la escritura. La escritura ha sido marginada y vilipendiada por la filosofía, al mismo tiempo, la filosofía no podría subsistir sin la escritura. La escritura ocupa una posición de un dentro-fuera de las consideraciones de la propia filosofía. El francés se pregunta acerca de la filosofía ¿y si, después de todo, no fuera más que literatura?

Hay un vínculo entre el desprecio por la literatura/escritura y el discurso levantado por la metafísica. Lacoue-Labarthe cuestiona ese vínculo:

el sueño, el deseo mantenidos desde su “comienzo” por la filosofía de un decir puro (de una palabra, de un discurso puramente transparentes en los que se evidenciarían inmediatamente la verdad, el ser, el absoluto, etc.) no han estado siempre comprometidos por la necesidad de pasar por un texto, un trabajo de escritura y si, por esta razón, la filosofía no ha estado siempre obligada a utilizar modos de exposición que no le pertenecían propiamente (el diálogo, por ejemplo, o el relato) y que era muy a menudo incapaz de dominar o incluso de reflexionar sobre ellos. (1970, p. 135)

La metafísica en su deseo de buscar el resguardo de un decir puro debe, lamentablemente para sus fines, devenir contaminada de escritura, gesto que envenena su deseo de purificación. No es de extrañar que Platón antes de ser discípulo de Sócrates haya sido poeta y dramaturgo, luego, debió renegar aquellos caminos para entrar al pensar filosófico. Lo curioso es que Platón en sus diálogos revive a Sócrates con los costos de envenenar nuevamente al maestro. Platón en sus diálogos mezcla filosofía y literatura generando un híbrido donde el remedio y el veneno se vuelven indecidibles. De hecho, al momento de podar los textos platónicos con la finalidad de extraer lo puramente filosófico –si es que algo por el estilo existe- sólo se puede apreciar con el contraste que ofrece lo marginado, esto es, la escritura.

Nietzsche en su gesto en contra de la metafísica afirma la literatura, esto es, la creación que se desarrolla libremente en el lenguaje sin hacerla depender un valor de verdad. La escritura en Nietzsche es creación-expresión-afirmación. Es interesante mantener la mirada en el Nietzsche de Así habló Zaratustra donde su afirmación no es una respuesta a Platón o la metafísica y, es necesario destacar, no es una respuesta al sentir romántico. La poesía romántica es una poesía muy seductora y que carga con una nostalgia infinita, además, es una invitación a transgredir los límites de la racionalidad y alojarse en un sentir absoluto. Salta la pregunta de si la poesía romántica tiene resabios de ese sentir hondo, doloroso, profundamente cristiano donde el Padre está presente en su ausencia. Al parecer esa carga negativa es una herencia subterránea de un sentir cristiano que en su ausencia deja a sus hijos huérfanos. Todo esto remite a la carga que lleva la poesía de sostenerse como tal, con la condición de que pueda remitirnos a un más allá, a un lugar oculto, donde el poeta es un pequeño Dios que puede comunicarnos directamente con lo absoluto. En este sentido, el poema deviene en algo más que lo meramente escrito. No es de extrañar que Heidegger en su etapa final ligara el habitar poético con la experiencia filosófica. Este vínculo entre poesía y filosofía se sostiene en Heidegger cuando se constata la diferencia ontológica y se reconoce que el ser se ha reducido a lo ente. El habitar poético, entonces, podría satisfacer la profundidad que se necesitaba para sentir el ser a fondo.

Es necesario sostener que no hay un afuera puro desligado de la literatura. Por lo que el proyecto heideggeriano de una destrucción de la metafísica es un imposible, puesto que, no hay algo como un afuera. Renunciando a ese gesto heroico es posible comprender que no hay nada afuera del texto como indica Derrida. La letra como huella y la literatura como ficción se entremezclan y viven en la muerte del juego de las diferencias, remitiendo constantemente a otro que rehúye de estar presente plenamente.

Nietzsche evitaría caer en la trampa de la dialéctica hegeliana que es heredera de la tradición parmenídea donde el pensar y el ser se fundirían en una misma identidad en el saber absoluto. Por lo tanto, Nietzsche buscaría otro lenguaje que se sustente en una alteridad no-dialéctica. Entonces, que no se insista en la cuestión del origen y del fin –propio del pensar dialéctico–. Se necesita que “el «concepto» de ficción escape a la conceptualidad misma, es decir, que no esté comprendido en el discurso de la verdad” (p. 139). Se debe evitar caer en el binomio filosofía v/s literatura, verdad v/s mentira, veracidad v/s ficción, ser v/s no-ser. Nietzsche –según Lacoue-Labarthe–, sostiene que “lo pensable y lo pensado (el ser, lo real, lo verdadero) son ficticios, no son (reales, verdaderos…). Lo que la metafísica designa como ser, a saber, el pensamiento mismo, es pura ficción. Al menos, la metafísica no es el discurso de la verdad sino un lenguaje ficticio” (p. 140). Nietzsche afirma la ficción en tanto afirmación de las apariencias, del mundo de las apariencias. Ficción es la mentira que es la verdad, contaminación que la metafísica desea depurar con sus construcciones de binomios opuestos y contrarios formales. Lacoue-Labarthe muestra que el momento realmente nietzscheano es sostener que, abolido el mundo-verdad, se suprime el mundo de las apariencias, en un mismo gesto. Como hemos indicado más arriba, Nietzsche en un momento de su obra deja de responderle al mundo platónico y deja de ser una mera inversión del platonismo. En este sentido se puede pensar sin recurrir a una oposición forzosamente binaria entre verdad y apariencia. Se invita a pensar y actuar el mundo como fábula. El mundo verdadero se ha metamorfoseado y ha devenido en fábula.

Se intenta salir de la historia del Logos que se sostiene en un lenguaje apoyado en la verdad y se avanza hacia un nuevo comienzo contaminado de Mito. Salta la pregunta si en el “origen” –tachado– de la filosofía no había desde ya una violencia entre Mitos y Logos que se podría rastrear hasta nuestros días. El discurso se convierte en fábula porque ya lo era o, más exactamente, porque lo era ya el discurso que lo constituía como tal.  El discurso de la verdad el Logos no es otra cosa que Mito, es decir, eso mismo contra lo que siempre ha pretendido haberse constituido. Se puede apreciar la contaminación originaria donde la separación tajante entre Logos y Mito se sostiene sobre la base de una constitución violenta y contaminada desde la supuesta génesis de la separación entre ambos términos. Hay separación gracias a la contaminación constante. Para Nietzsche Logos y Mito no son más verdaderos o falsos el uno que el otro, puesto que, son la misma fábula. El mundo se ha convertido en fábula, pues, ya lo era.

No queda nada exterior al decir y nada, en principio, a partir de lo que el decir haya comenzado. No hay origen ni fin sino una misma fábula eterna. Esto nos recuerda a la imposibilidad de ir hacia un afuera, un afuera del texto es un imposible, lo que hay es un retorno constante en la textualidad misma.  

La escritura ha sido marginada en favor de la metafísica de la presencia y de la prioridad del habla por sobre la letra escrita. La escritura es la materialidad que en su superficialidad deja huellas, rastros, indicios que, en un afán metafísico, deben remitir a algo que está oculto en la superficie de la escritura. En este sentido, la profundidad a la que podemos acceder con la escritura le da un sustento al trazo escrito. Es por esto, que el problema de la metáfora es bastante sugerente, puesto que, la metáfora puede ser ese vehículo hacia un más allá del texto, hacia un lugar que excede lo meramente escrito, en otros términos, un tránsito de una superficialidad que nos incita a sumergirnos en las profundidades donde el lenguaje puede callar.

Lacoue-Labarthe intenta evitar el lenguaje propio de la dialéctica donde el lenguaje es comprendido como una manifestación de dominio de la fuerza. Quizás, sólo quizás, se podría buscar el gesto derridiano de no caer en una negación absoluta de sí mismo y entregarse a la muerte segura, puesto que, la negatividad es el alimento predilecto de la dialéctica. Por lo tanto, más que inclinarnos en uno de los extremos entre la presencia plena o la ausencia, es más interesante enfrentarnos al entre, a la experiencia del entre de lo que desea ser presente y que no puede evitar su propia ausencia. Confesar la imposibilidad de la presencia plena es afirmar, afirmar la escritura como superficialidad donde se remite a algo que nuevamente remite a algo que remite nuevamente, infinitamente. La posibilidad de una fuerza débil nos puede sorprender en el entre, ese entre que es contaminación, ese entre que permite una fisura al vitalismo, puesto que, la vida se juega siempre entre la vida y la muerte, esto es, la vida en la muerte y la muerte en la vida. Donde la escritura adquiere vida en la muerte misma de la escritura, donde hay una fuerza débil que no se busca porque buscándola se la fuerza a la propia fuerza de la presencia.

En su libro La nueva novela[ii] el poeta chileno Juan Luis Martínez realiza un acto poético que puede reflejar lo que hasta ahora hemos trabajado. Juan Luis intenta difuminar la autoría del libro y jugar con la desaparición de la propiedad del nombre que él debería poseer como autor. Tacha sus dos posibles nombres y, en este gesto presuntamente negativo, hay que reconocer que es una doble afirmación de la escritura y de la superficialidad de la materialidad del texto. En la doble tachadura lo oculto forma parte de la superficie del texto. La nueva novela es un libro hermosamente inclasificable, es un texto filosófico, literario, poético, visual, lógico, narrativo, etc. En La nueva novela se manifiesta la ambigüedad y la pluralidad del autor y del lector, dando espacio para que la experiencia de lectura sea una experiencia de escritura. La experiencia del entre está presente en La nueva novela y está ligada con la afirmación de la materialidad y de la superficialidad de la escritura sin albergar nostalgias de profundidades perdidas, en el siguiente fragmento se puede observar este gesto:

Esta página, este lado de la página, anverso o reverso de sí misma, nos permite la visión de un poema en su más exacta e inmediata textualidad (sin distancia ni traducción): un poema absolutamente plano, texto sin otro significado que el de su propia superficie. El dibujo de las letras, el cuerpo físico de sus palabras, el espesor de los signos, desnudos que traspasando el delgado espesor de la página emergen aquí, invertidos sólo en mera escritura, destruyen cualquier intento de interpretación respecto a una supuesta: “profundidad de la Literatura”. (Martínez, 1985, p.30)

La afirmación de la escritura es rotunda y no se busca una economía de sentidos más allá que la propia materialidad del texto. Toda búsqueda de profundidad de la literatura es abandonada y la poesía no se utiliza para remitirnos a otra realidad más honda. De hecho, se disuelven los supuestos géneros literarios y se puede observar la contaminación constante entre Logos difuminado en Mito. La profundidad del texto se transforma en una intertexualidad constante e infinita donde un fragmento de escritura remite a otro y este gesto es dable infinitamente. La escritura no tiene orillas, donde pensamos termina todo, nuevamente se puede remitir a otros fragmentos, no hay inicio ni fin, lo que hay es cuerpo, cuerpo de la escritura que puede replegarse sobre sí mismo infinitamente.

En La nueva novela se experimenta la indecidibilidad entre Juan Luis como autor y como lector, puesto que, utiliza fragmentos y citas que le han marcado como lector e intenta de reproducir esos fragmentos y desdibuja las fronteras entre autor y lector. Al mismo tiempo, obliga a los lectores a jugar el papel de la “escritura” de quien lee en los diversos movimientos que el texto propone. Este gesto contamina la idea de algo así como una obra única u original que es propiedad del autor. Como señala Lucas Margarit[iii], hay un desvanecimiento de las dicotomías en La nueva novela por “un movimiento pendular desde la reproducción a la creación, del mostrar (citar) y el nombrar (titular nuevamente), y en lo que hace al papel del lector la ambigüedad en tanto mirar y leer” (2016, p. 45). Los ojos de quien lee se confunden con las manos que escriben. Los órganos se trastocan en sus funciones, cuestionándolas.

En el mismo artículo Lucas Margarit comenta sobre la ambigüedad de la lectura y las huellas de la escritura en La nueva novela:

Hacia el final del volumen encontramos una sección, “El cazador oculto”, que nos parece sugestiva en tanto metáfora de los modos de leer las huellas esparcidas a lo largo de todo el conjunto. Los “rastros”, como también los llama el cazador, son marcas que van conformando un camino complejo donde la presa escapa, donde es difícil reconocerla cabalmente a partir de una sola mirada. Dice “El estudio de las huellas e indicios es muy extenso, pero con la práctica se aprende a interpretarlos” (La nueva novela 143). El comentario está acompañado por una serie de imágenes de las huellas de diferentes animales. ¿Es la figura del autor (en tanto lector) la del cazador que debe aprender a darle un sentido? ¿Es el lector quien debe aprender a comprender las huellas que se van sucediendo una tras otra, e incluso una sobre otra? Cada una tiene una medida determinada, un peso particular que debe ser interpretado como una revisión de la noción misma de poesía y de literatura. (p.45)

Las huellas marcadas en la superficie del texto van (des)dibujando la materialidad de los fragmentos (re)producidos por el autor/lector. El cazador busca en los indicios que las huellas van dejando y, en ese movimiento, el cazador es perseguido por los propios rastros que deja en su búsqueda. La literatura y la poesía se vuelven esa presa/cazador que es buscada por la filosofía –en la caza, cazador se vuelve presa-  y, al mismo tiempo, la filosofía en su búsqueda deja rastros y señuelos que la escritura adquiere como marcas en su propio cuerpo. En este cuerpo, en su superficie, no se distingue el veneno del alimento. Lo que nos podría remitir al poema de Manuel Silva Acevedo Lobos y ovejas[iv] donde la bestialidad lobuna se difumina con la vulnerabilidad propia de las ovejas. La figura del cazador fiero se vuelve pliegue constantemente en lo perseguido y, deviene en un juego de la imposibilidad de establecer identidades fijas y estables en la experiencia de la escritura. El poema se inicia con los siguientes versos:

Hay un lobo en mi entraña

que pugna por nacer

Mi corazón de oveja, lerda criatura

se desangra por él

Se dispone la figura del lobo y de la oveja como una contaminación del entre de las dos figuras, no hay una oposición de contradicción entre ambos. En un par de extractos del poema se podrá apreciar la relación de tensión entre ambas figuras:

Yo, la tonta oveja

nadie más ignorante que yo

me pregunto quién tendrá piedad del lobo

y más todavía

quién dará sepultura al lobo

cuando muera de viejo

miope y lleno de piojos

 

(…)

 

Se engaña el pastor

Se engaña el propio lobo

No seré más la oveja en cautiverio

El sol de la llanura

Calentó demasiado mi cabeza

Me convertí en la fiera milagrosa

Ya tengo mi lugar entre las fieras

Ampárate pastor, ampárate de mí

Lobo en acecho, ampárame.

 

En Lobos y ovejas existe una pluralidad de voces dentro de lo que se podría leer como una sola voz. El despliegue del poema es un trabajo de escritura que deconstruye la oposición entre el cazador y la presa deseada. Las identidades son erosionadas desde la escritura misma y, en definitiva, al momento de afirmar una identidad se escurre y se transfigura en su opuesto. Las huellas o rastros que podemos seguir en el poema adquieren la forma de las huellas del lobo buscando a la oveja, al momento de alzar los colmillos, esas huellas permiten situar al lobo como una oveja vulnerable y perseguida.

 

[i] Título original: La fable (littérature et philosophie), publicado en Poétique, núm. I, 1970, París, Seuil, Págs. 51-63. Traducción de Jacinta Negueruela y Manuel Asensi. Texto recopilado en Asensi, M. (Ed.) (1990). Teoría literaria y deconstrucción, Madrid: Arco libros.  

[ii] Martínez, J. (1985). La nueva novela. Santiago de Chile: Ediciones Archivo.

[iii] Margarit, L. (2016). La nueva novela: Una serie de planos en ruinas. En Martínez Total (p.37-48). Santiago de Chile: Editorial Universitaria.

[iv] Silva, M. (1995). Canto rodado. Santiago de Chile: Editorial Universitaria.

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