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10/05/2018


¿Del poema a la ideología?
Bachelard y los riesgos de una fenomenología de la imagen poética

Matías Rivas Vergara

En su libro La poética del espacio, Gaston Bachelard nos presenta los modos en que, a partir de la imaginación poética, se ‘viven’ los espacios, cómo es que estos son constituidos desde la vivencia de la imagen. En este sentido, Bachelard propone un modo otro de concebir la espacialidad, ya fuera de un plano cartesiano, esto es, nos invita a ‘ver’ el espacio como algo que no se reduce a una mathesis universalis, algo que no se encuentra constituido de antemano, al modo de los a priori kantianos de la subjetividad, sino que está siempre constituyéndose a partir de la vivencia articulada en imágenes; se trata, por lo tanto, de una constitución siempre variable, a diferencia del concepto que pretende rigidizar y fijar la experiencia.

Es en esta línea que podemos intentar comprender el proyecto de Bachelard, al cual él mismo se refiere como: “una fenomenología de la imaginación poética”. Se plantea aquí una cierta “ontología directa”, es decir, un ‘análisis eidético’ acerca del modo en que la imagen repercute, acerca de su resonancia en la conciencia. Se trata entonces, para Bachelard, de realizar una exposición filosófica que parta de “la consideración del surgir de la imagen en una conciencia individual” y que considere este surgir como una vivencia que no se deriva causalmente de la imagen poética, sino que surge al ‘unísono’ con ella.

A partir de la repercusión y resonancia de la imagen poética, Bachelard plantea que se produce, o, mejor dicho, se da un “despertar de la creación poética”, acto que posibilita no una descripción, en el sentido del psicólogo, o una comprensión, en el sentido del psicoanalista, sino una expresión creadora propia que surge con la imagen poética y que la potencia, ampliándola.

En referencia al espacio, la imaginación poética (cuyo medio y forma es el lenguaje), crea “espacios de lenguaje”, es decir, no el espacio geométrico, sino un espacio humanamente vivido, ya que lo específicamente humano, según Bachelard, es el logos. El espacio no es ya un mero límite o forma, sino que se vuelve, en la imagen poética y su repercusión-resonancia: ser; es ontológico en la medida en que es vivido y ‘constituido’ de ese modo. De esta forma, el espacio es siempre habitado, es espacio que nos aloja y al que, simultáneamente, alojamos.

Es así como Bachelard plantea un desprendimiento de lo que él denomina la “dialéctica de lo de dentro y lo de fuera”, que define también como una “dialéctica de descuartizamiento” propia del método geométrico y de la concepción metafísico-ontológica predominante en la filosofía y la ciencia occidental: el modelo matemático cartesiano. En sus análisis de las imágenes poéticas de Michaux, Tzara, Char (todas partícipes del temple de ánimo de la angustia), entre otros, Bachelard plantea que se da en ellas una nueva ‘ontología’ del espacio, ya no determinada por una relación de límite entre lo de dentro y lo de fuera, sino vivida en una relación de lo íntimo-extraño. Esta relación, que a primera vista parece ser otro modo dualista de concebir la dialéctica que Bachelard presenta como un equívoco, no puede concebirse espacialmente, sino únicamente en términos de vivencia afectiva. El espacio es un espacio ‘lleno de ser’ (o de ‘nada’), ya no una mera forma. En este sentido, no existe propiamente un dentro o afuera, sino siempre un espacio concebido, en tanto ser, como apropiado vivencialmente en diferentes modalidades afectivas.

A partir de dicha ausencia de contorno, la dialéctica de lo de dentro y lo de fuera es ‘suspendida’ con la referencia a la imagen simbólica de la puerta. Esta imagen le permite a Bachelard afirmar que el ser humano es un “ser entreabierto”, es decir, un constante caminante de umbrales, nunca allí o aquí, sino siempre entre. El ser-ahí es concebido entonces ahora como el ser-entre, ser de paso, pero, ¿de paso a qué? Al afirmar que toda imagen poética es vivida como exceso de creación y ampliada a partir de esta vivencia-creadora, Bachelard parece querer decir que el ser-entre es un ser de paso hacia ‘más ser’, un tránsito del ser mismo. Esta saturación ontológica de la imagen del espacio y del ser humano concebido como ser espacial, pero no espaciado, parece llevarse ad infinitum. ¿Podría ser entonces la imagen poética del espacio un origen infinito de ser? Esta pregunta nos lleva inevitablemente a la cuestión heideggeriana (y con ello a la interpretación que hace Heidegger sobre el romanticismo alemán) de la palabra fundadora de Ser. En términos de Bachelard, una fenomenología de la imagen poética definiría así una región del ser, una ontología regional en sentido husserliano, pero que acaba por ‘fagocitar’ la totalidad del ser, ya que, al hacer depender el ser del decir, la poesía se vuelve ‘maestra’ ya no solo de la palabra, sino de la totalidad de lo existente en tanto posibilidad de ser origen (y exceso) absoluto.

Esta lectura, evidentemente problemática al develar la posibilidad de ‘reasumir’ una romantización del mundo en un sentido ontológico y no solo formal, ideologiza inevitablemente la poesía, la vuelve instauradora y legisladora de algo que la excede. Incluso podría pensarse en un retorno a la identificación hegeliana entre espíritu y naturaleza, lo cual conduce a una concepción de lo absoluto que determinaría de antemano toda imagen poética en un sentido esencial, reduciendo cualquier diferencia posible. La esencia del poema, vendría a ser así la creación, o re-creación, del Ser, eterno origen y verdad instauradora, en resumen: palabra sagrada que se autoglorifica.

A pesar de lo anterior, la propuesta de Bachelard no puede ser desechada sino solo debidamente criticada considerando sus posibles aciertos y errores. ¿Es pensable una salida al círculo fenomenológico planteado en la dialéctica de lo dentro-fuera? Quizá si Bachelard hubiese concedido menos a su método y más a la escritura de las imágenes poéticas, hubiese evitado caer en la senda de la concepción poética de Heidegger y en el riesgo de una mística-estética que puede transformarse, de hecho, en una ideología política peligrosa. Sin embargo, atribuir sin más a Bachelard un gesto idéntico al de Heidegger y su interpretación mitologizante del romanticismo alemán, es también peligroso. ¿Puede ser que hayamos sobreinterpretado su intención? ¿Es posible que hayamos dado más importancia a la respuesta que al problema? En el riesgo del pensamiento, la propuesta de Bachelard de una “poética del espacio” ha abierto, a pesar de todo, un camino hacia la consideración de la poesía como problema filosófico, camino que puede recorrerse a través de una consideración del problema del cuerpo (espacio) y del lenguaje (escritura poética). Sin duda es este un hecho valorable al preguntarnos por la propia actividad de escritura que realiza la filosofía, aunque sin omitir, claro está, los peligros de una posible excesiva sacralización de la palabra poética.

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