e x t o s

 

 

   c  r  ó  n  i  c  a

05/05/2018


El ateísmo del pliegue en Deleuze

Rafael Stockebrand

 

Todo nuevo rebote tiene la contaminación del anterior. No como una finalidad, sino como una pseudo-tendencia. Esto es, una finalidad que no habla, que no determina. Sin embargo, aquella asegura el porvenir, el infinito porvenir de la variación. Y aunque éstas se den en la temporalidad de t1, t2 y t3, t4, siendo sólo un mañana desconocido, ya está asegurado por los rebotes anteriores. En definitiva, el mundo no se fractura si no es para prometer su futura unión. Más que una fractura del mundo, aquí hablamos de una «doblez». El pliegue no es fisura infinita, sino algo así como un peldaño de escalera.



Los pasillos de la Abadía del Monte Saint-Michel presentan el rebote de fuerza que nace de cada inflexión de la asíntota en donde se origina la nueva ojiva. Esta forma podemos llevarla al infinito donde esté el próximo arco eternamente en apogeo. Sin embargo, el mundo no está generando copias ya generadas, de hecho, podemos esperar que la siguiente recta tenga una posibilidad de orientación infinita. Así, también se puede dar que la repetición de ojivas devenga en una recta o curva hacia arriba, abajo, a un lado, al otro, hacia adelante o hacia atrás, y, en definitiva, cualquier dirección posible.
 


El pliegue puede variar infinitamente en la infinita potencialidad de las fuerzas que dirigen la materia hacia uno u otro lugar, lugares en constante creación por medio de éstas. Sin embargo, el modo en cómo la realidad se configura de pliegue en pliegue da cuenta de la imposibilidad de la novedad de aquella con respecto a ella misma. Pues, ¿acaso habrá algo en el pliegue que nos pueda sorprender? ¿Trae este rebote lo verdaderamente desconocido; la «novedad radical»?
Y es que el pliegue deleuzeano no está tan alejado de la intencionalidad husserliana, pues ambos significan el mundo (actual o posible) en lógicas ya conocidas. Ambos comparten un horizonte a priori determinador de la novedad. Para Deleuze y Husserl sólo existe «novedad relativa».
Deleuze es la figura del ateísmo asegurado, el ateísmo al que nunca se le acabará el suelo, el hombre que vaga sin tropezar.
¿Acaso Abraham había previsto la zarza () ardiente antes de su aparición?
Si queremos pensar lo nuevo sólo podremos lograrlo si pensamos, a su vez, lo extraordinario, lo inesperado, «lo divino». La fractura del mundo, que es el modo de lo divino, no es posible pensar desde el ateísmo.
Con la teología rescatamos la novedad de la censura del pliegue, esta es la novedad radical; un pliegue hacia el más allá de la nada.
No pensemos en un «no-rebote», sino en un «anti-rebote», algo que desmantele la posibilidad de cualquier otro rebote ulterior y hasta la destrucción de los que ya se han producido. Así como el agua perfora el papel, que al volverse agujero comienza a colapsar irregularmente sus bordes bajo el peso del líquido mientras es absorbido.

  

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