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10/04/2018


Vértigo y deseo: el abismo del pensamiento animal

Paz Carreño

 

Probablemente desde siempre hemos pensado lo humano como algo otro que lo animal. Si bien el parentesco genético es algo que la ciencia ha dictado como una verdad innegable, hay algo que mantiene la distinción entre lo humano y lo animal. Alejado desde siempre de la animalidad, el humano ha entendido lo otro distinto de su cuerpo. Sin embargo, la pregunta que ronda constantemente esta reflexión es si acaso la diferencia que separa lo humano de lo animal no es justamente aquello que tensiona lo humano hacia lo animal. Es decir, el esfuerzo que la historia del pensamiento ha hecho por situar lo humano en un lugar distinto de lo animal bien podría ser un artificio para negar su tendencia irracional hacia la bestialidad.

Es casi indiscutible que existe una tensión entre aquello que gobierna la razón humana y aquel “espacio sin nombre y sin proyecto en que el animal libremente se abre camino”[1]. Pero, a partir de la conversación en torno al texto El animal como pensamiento, ha tomado consistencia la idea de que la distinción entre lo humano y lo animal muestra momentos de soberanías que se pierden en cada instante: Bailly orienta la atención hacia esos encuentros/desencuentros con el animal, en los que la soberanía es completamente desestabilizada y transgredida en su ejercicio. El humano, en busca de eludir su propio deseo de transgresión que lo impulsa hacia la animalidad, ha otorgado a lo animal un lugar marginal, el lugar de la bestia, aquello que se opone radicalmente, en efecto, a una humanidad racional, trazando un abismo incruzable entre ellos. ¿Pero no es este abismo el lugar en que justamente se encuentran parcialmente lo animal y lo humano?

Este abismo que se ha trazado entre lo animal y lo humano es el punto en que el humano percibe constantemente la retirada de lo animal, la huida, la imposibilidad de la sumisión. Aparece en lo humano un cuerpo que antecede la interpretación, un cuerpo en que se inscribe la diferencia sin mediación, donde el ojo toca directamente el abismo entre la bestia y el humano; podríamos decir que es incluso un cuerpo que no se sabe cuerpo; un cuerpo que no se ha visto en el espejo.

Este encuentro sin mediación en que el animal se sitúa paradojalmente con el humano (pero retirándose de él) no es localizado, no describe un lugar o un territorio: es su pura aparición singular “antes de toda determinación”[2]. Es en este sentido que lo animal mueve a lo humano fuera de su territorio, llamándolo constantemente fuera de su sentido, fuera de su razón, dando a conocer un pensamiento que no es exclusivo de lo humano. El umbral que los separa abre la posibilidad de pensar un pensamiento otro, el animal mismo como pensamiento, como si el pensamiento antes que del lenguaje fuera del cuerpo. Un pensamiento que se resiste a la soberanía impotente que no encuentra lugar frente a esa mirada animal que mira, la mirada que piensa de la bestia.

Si buscamos en la tradición filosófica la relación del hombre con el animal, advertiremos que el humano siempre ha censurado la animalidad que en él pudiese encontrarse[3]. Lo que la filosofía ha logrado al privarse y alejarse de lo animal es justamente resguardarse de la fragilidad que hace patente el animal, en el momento en que éste y el humano se encuentran en el umbral de su diferencia. Caso paradigmático en este sentido es la desnudez: no la desnudez nuestra cuando la pensamos, sino que la desnudez del animal quien está desnudo sin saberlo. En esta diferencia de desnudezes se juega todo el problema: existe una desnudez que no se apropia, que no se sabe desnuda, y que no es tampoco una especie de pureza celestial ni una forma de ser originaria y pura, sino que más allá de ello, es el solo estar desnudo. Se trata de una desnudez que para el humano parece siempre cubierta de discurso y de sentido. Es tal vez la posibilidad del animal de estar desnudo aquello que revela la fragilidad insostenible de lo humano, que lucha por resistir a la tentadora existencia de lo animal.

Hay una constante lucha de lo humano por no ceder ante la animalidad, por distanciarse y contenerse, pero muchas veces la soberanía de lo humano es transgredida y conquistada por el animal. La búsqueda, en palabras de Deleuze por la desterritorialización en lo humano es evidente justamente en su devenir animal. Existe un margen poco explorado entre lo humano y lo animal, que en el devenir animal muestra como la vida no es solo aquello que se ha constatado científicamente, sino que es aquello que no deja de abatirnos con su exceso. La relación del humano con lo animal se vuelve un territorio en disputa, en el que se transgreden constantemente.

En síntesis, el problema que envuelve esta reflexión es el problema del cuerpo y la búsqueda de lo humano por darle cierta organización, plenitud y frontera, cuando justamente es esta organización la que el animal transgrede, allí donde muestra el límite en que es imposible dar una organización absoluta a lo que es desde siempre pura desorganización. Cuando el hombre se separa de lo animal reduce el cuerpo, su propio cuerpo a una categoría racional, sin lograr ser abarcado, esta imposibilidad se debe justamente a la absoluta heterogeneidad, a la pura diferencia, al movimiento contante que todo es una singularidad imposible de contener, tal vez algo relacionado a esto sea la vida. Pero el cuerpo, ese constante pliegue sobre sí, muestra a ratos su enorme deseo autodestructivo: en el momento en que la diferencia lo llama a su límite, cuando el hombre deviene animal en el encuentro con ese abismo que disuelve la concepción de lo humano.

En busca de ese devenir animal, tanto el cine como la literatura han sabido poner en escena la tensión entre lo humano y lo animal. Julio Cortazar, en su obra titulada Bestiario[4] presenta una serie de cuentos que relatan en su mayoría historias de la vida cotidiana en la ciudad, las cuales son desarticuladas justamente por la presencia de lo animal o situaciones paradojales que llevan a lo humanos fuera de sí, en el límite de la razón y toda lógica. En gran parte de los cuentos, sus protagonistas se ven llamados por ese “afuera” de lo animal. El relato parte como hechos o narraciones de objetos totalmente cotidianos, pero es interceptado sin darnos cuenta con un matiz misterioso a ratos escalofriante en que sus protagonistas atraviesan el límite de lo humano y lo normal. Tanto en Bestiario propiamente como en Carta a una señorita en París, lo animal distorsiona la cotidianeidad humana para poner al lector en esa conexión extraordinaria con lo animal, a veces grotesca pero también encantadora. El vínculo que logra la literatura en este sentido vuelve más clara la tensión que hay entre lo humano y lo animal, ese deseo por explorar el límite que nos lleva más allá de nuestros territorios falsamente soberanos.

 

[1] Bailly, J.-C., El animal como pensamiento. Santiago: Metales pesados, 2014, p. 16.

[2] Ibid., p. 29.

[3] Cf. Derrida, J., El animal que luego estoy si(gui)endo, Madrid: Trotta, 2008.

[4] Cortazar, J., Bestiario/Todos los fuegos el fuego, Buenos Aires: Alfaguara, 2007.

  

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