e x t o s

 

 

   c  r  ó  n  i  c  a

06/02/2018


Sobre la normatividad discursiva como forma de violencia epistémica.
Reflexiones desde la teoría de género


Rafael Stockebrand

 

 

A pesar de que el cortometraje 1977 de Peque Varela (2007) no contenga diálogos, tematiza el lenguaje como núcleo fundamental de su propuesta. Eso es, en él se observa un fuerte protagonismo de los discursos normativos del género por sobre la autocomprensión del/la protagonista.

 

Esto se ve claramente en la escena en donde se copia una frase en un cuaderno y aquella se reordena quedando así igual que el modelo. La oración es gramaticalmente la misma, pero la caligrafía es distinta, mientras el modelo presenta una precisión de maestro, la copia tiene el estilo de un alumno que recién está aprendiendo a escribir. Sin embargo, ambas son igualmente inteligibles. Lo que está en juego, entonces, no es la oración en tanto ser, sino en tanto deber ser. Esto es, la modificación de la copia responde a una normatividad, la que exige un cierto criterio en cómo la oración se debe escribir. La propuesta de lectura de aquel cortometraje radica en visualizar que toda la discusión, y no sólo el ejemplo de esta escena, gira en torno al problema de la normatividad.

 

En efecto, los discursos normativos definen la realidad en tanto cómo ésta debe pensarse, excluyendo a su vez otros modos de representar el mundo. Estos discursos invisibilizan un espectro de la realidad, siempre a favor de unas representaciones por sobre otras. El caso de la normatividad en los discursos en materia de género la define Judith Butler, en El género en disputa, explicando que la normatividad se puede entender en dos sentidos, por un lado, ésta concierne a las normas que rigen los géneros y, por el otro lado, se refiere a las justificaciones éticas de la imposición de aquellas. Finalmente, sitúa a los individuos en lugares discursivos, en los que, muchas veces, no se reconocen. El problema radica en que la irrepresentabilidad categorial dentro de estos discursos implica que ciertos cuerpos “han sido vistos como falsos, irreales e ininteligibles”[1]. Vale decir, la normatividad no permite dar cuenta de expresiones de los géneros que no estén contenidas dentro de sus categorías descriptivas. Es en este sentido que Butler propone abrir las posibilidades del género sin que éstas se cristalicen en nuevas normatividades que definan lo representable e irrepresentable.

 

Esta dualidad entre la representación y la irrepresentación responde al binomio dentro/fuera de los discursos. La producción de sentido dentro de las estructuras discursivas se da en una identificación por contraste entre lo que está dentro del espacio representable y lo que está fuera de él. De este modo, toda categoría normativa se significa por oposición a una categoría externa. Diana Fuss, en Dentro/Fuera, explica, sosteniéndose del psicoanálisis lacaniano, que “cualquier identidad se establece de forma relacionada, constituyéndose con referencia a un exterior o (a)fuera, que define los propios límites interiores del sujeto y sus superficies corpóreas”[2]. Con el espacio del dentro se refiere a los sistemas de poder, la cultura legitimada y las instituciones que representan la normatividad. Al hablar del afuera se está refiriendo a la dimensión que queda excluida de los sistemas, a saber, lo rechazado. El afuera es una necesaria amenaza para el adentro, pues, por un lado, el adentro sólo toma sentido por medio de la exclusión de lo diferente[3], y, por otro lado, requiere marginar al afuera para poder legitimarse a así mismo.

 

En este sentido, lo heterosexual se significa en contraposición con lo homosexual, quedando éste en la dimensión de la marginalidad, la negación, el error y la ininteligibilidad. Lo mismo sucede con el par masculino/femenino frente a otras formas no binomiales de pensar el género[4].

 

En definitiva, la normatividad discursiva margina las categorías no-normativas o del afuera, dejando ciertos modos de pensar la relación con el género y la sexualidad en un nivel privilegiado, mientras que lo excluido cae en la marginalidad y la violencia.

 

Dentro del filme se pueden observar, al menos, dos modos de violencia. Una de ellas es la violencia del estereotipo, modos de referirse y comprender lo incomprensible por el discurso. Términos como «marimacho» y «maricón» son usados para calificar modos de ser que quedan por fuera del sistema normativo y son contrastado por éste. Sin embargo, la segunda forma de violencia consiste en el silencio, a saber, cuando el discurso no tiene conceptos para referirse al afuera, éste queda invisibilizado. Este tipo de violencia tiene relación con la forma de conocer el mundo, o más bien, con la no-forma de conocerlo; a esto se le llama injusticia hermenéutica[5].

 

Giannina Burlando, citando a Miranda Fricker, hace ver que la injusticia hermenéutica consiste en un obscurecimiento de ciertas experiencias sociales por medio de una marginalidad hermenéutica. Esto es, desde una actividad interpretativa injusta de la dimensión social se invisibiliza un área de ésta, dejando a los individuos y sus expresiones sociales relegados del espacio de sentido. La autora ejemplifica este tipo de violencia epistémica con el acoso sexual, en donde se suele leer la situación de acoso desde un sesgo hermenéutico que, comúnmente, justifica al agresor en detrimento del agredido.

 

En este sentido, la condición necesaria para hablar de injusticia hermenéutica radica en que:

 

Un sujeto sea desfavorecido, porque su experiencia se deja en la oscuridad debido a una laguna en el recurso hermenéutico colectivo, donde la laguna es causada y mantenida por un amplio y persistente rango de marginalización hermenéutica[6].

 

Esta condición sólo es observable en la medida que el sujeto realice un intento por hacer inteligible su condición específica y constate la resistencia hermenéutica que lo margina.

 

Para Fickler, la injusticia hermenéutica no es realizada de manera individual, sino que esta responde a una condición estructural. Esto es, la invisibilización es el efecto del sistema discursivo en su base estructural, y no así en sus manifestaciones particulares. El hecho de que un individuo quede marginado no depende de la decisión de los marginadores, sino del discurso epistémico que ellos tienen que no les permite salir de la laguna hermenéutica en la que se encuentran.

 

Un ejemplo claro de esto es lo expuesto por Miquel Miss, en El impacto de la patologización en la construcción de la subjetividad de las personas trans, donde el discurso de la medicina no ha permitido pensar la transexualidad en otras claves. Así, por ejemplo, mientras el DSM la define como una disforia sexual margina o son marginadas otras formas de definirla en claves, tal vez, no psiquiátricas. Sucede lo mismo con la tendencia de pensar la transexualidad exclusivamente como un camino para llegar al género contrario con el que se ha identificado en un principio por medio del fenotipo y no como una forma de vivir el género en tanto tránsito.

En definitiva, me parece que pensar siempre en la normatividad discursiva, en tanto estructura, implica entender que ésta se construye sobre una base del dentro/fuera que margina y violenta epistemológicamente. Y, finalmente, ésta es la cuestión que tematiza el cortometraje.


 

[1] Judith Butler. El género en disputa. Barcelona: Paidós. 2007, p. 29.

[2] Diana Fuss. “Dentro/Fuera” en Feminismo literario. Madrid: Arco. 1999, p. 114.

[3] Y a su vez, sólo se puede significar la diferencia por medio de la exclusión. En este sentido, exclusión y diferencia recíprocamente condiciones necesarias de la otra. Quedaría entonces la pregunta por la génesis de la diferencia, si para ella se necesita la exclusión y para la exclusión se requiere la diferencia.

[4] Es más, Judith Butler explica que las «sexualidades normativas» consolidan «géneros normativos», por lo tanto, pensar en la marginalidad del nivel de la sexualidad implica también pensar una cierta marginalidad en el nivel del género. Con relación a El género en disputa Butler explica que “el texto plantea cómo las prácticas sexuales no normativas cuestionan la estabilidad del género como categoría de análisis” (Butler, 2007, p. 12).

[5] Véase Giannina Burlando. “Violencia epistémica en con-texto” en Filósofas en con-texto. Valparaíso: Puntaángeles. 2016.

[6] Ibidem. P. 157.

  

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