e x t o s

 

 

   c  r  ó  n  i  c  a

07/10/2017


Con Levinas en el locutorio

Rafael Stockebrand


En el mes de Junio, junto a varios integrantes del grupo de investigación Cuerpo y Lenguaje, asistimos al Museo Gabriela Mistral para ver la obra de teatro Locutorio de Jorge Díaz, interpretada por Millaray Lobos y Alejandro Sieveking y dirigida por Cristián Plana.

El interés de esta crónica es presentar una breve reflexión filosófica nacida de los primeros minutos de esta obra. Específicamente, de la escena siguiente: una pareja de ancianos se encuentra en un locutorio, se saludan y se sientan uno frente al otro, separados por un cristal que divide el espacio en dos partes de iguales dimensiones. Inesperadamente, se internan en una discusión sobre la posible condición de prisionero de cada uno. El centro del problema es el siguiente, ¿Cuál de los dos está recluido y cuál es libre? No son relevantes las condiciones que los tienen cautivos, tampoco en qué lugar se lleva a cabo este encierro. Lo único que importa es descifrar el enigma de quién visita al otro en el locutorio y quién es el visitado.

La discusión no es resolutiva, cada uno defiende su propia libertad; no es claro a quién creer. Sin embargo, y es aquí en donde deseo detenerme, la discusión no persiste, de hecho, esta cesa tan rápido como se inició. Finalmente, pareciera que ambos acallan el deseo de saberse libres y se distraen conversando sobre otros asuntos. Y si bien, la interrogante que animó la discusión queda latiendo subcutáneamente a lo largo de toda la obra, mi interés es reflexionar sobre el cese explícito de ésta. Vale decir, no me enfocaré en el problema como tema, sino en él como quiebre, como umbral para repensar la libertad. En efecto, preguntarse por el cese significa, para el objetivo de esta crónica, preguntarse por el inicio.

Es con esta hipótesis en mente, a saber, que el cese de la pregunta por la libertad es el inicio de ésta, que buscaré mostrar con Emmanuel Levinas, en el texto Libertad y mandato, una noción sui generis de libertad, utilizando, a su vez, esta escena de la obra Locutorio como ejemplo paradigma. Esta decisión metodológica nace, pues, de la convicción de que si queremos pensar verdaderamente la libertad, debemos remitirnos a aquel fragmento de la obra, debido a que es en ese quiebre que presenta donde se podrá atestiguar esta noción.

En Libertad y mandato Levinas discute la posibilidad de pensar la libertad fuera de los límites de la política, y, por lo tanto, de la guerra. En efecto, él compara, en Totalidad e infinito, la política y la guerra al decir: “El arte de prever y ganar por todos los medios la guerra -la política- se impone entonces como el ejercicio mismo de la razón” (Levinas, Totalidad e infinito, Salamanca: Sígueme, 2012, p. 13). Es así como, para el autor, la política es la actividad por antonomasia de la guerra, es más, Levinas dirá, en Libertad y Mandato, que el verdadero agente, quien verdaderamente actúa, no es quien hace la guerra -el soldado-, sino quien la manda -el político. De este modo, Levinas distancia radicalmente la libertad de la dimensión política, y si bien, se podría pensar que, en general, el fin de la segunda -la política-  es la primera -la libertad-, se argumentará que, en realidad, la libertad no es posible de alcanzar por medio de ella. En efecto, independiente de los posibles intentos de pensar la libertad como consecuencia de los esfuerzos políticos, el autor la contrapone a estos, mostrando que en donde hay libertad, no hay política y viceversa. Esto es, si bien en la política se busca instaurar la Libertad, con mayúscula, la libertad de todos o para todos, se pierde la verdadera libertad, a saber, la que viene desde adentro, interna y propia. Vale decir, mientras que la política defiende la libertad creando leyes y normas, lo que logra en realidad es volverla exótica al sujeto, pues se le impone de manera ajena e irreconocible. “La institución obedece a un orden racional en el que la libertad ya no se reconoce más” (Levinas, Libertad y mandato, en La realidad y su sombra, Madrid: Trotta, 2001, p. 73). Levinas dirá que la libertad impuesta por el orden institucional es, finalmente, una tiranía del Estado.

Pero, si es así, si la política sólo funda una libertad extranjera a nosotros, ¿qué sentido tiene esta fundación? ¿A qué se anticipa la política?

Levinas explica que el rol de la política es la de preservar por escrito, de manera que ni el tiempo, ni la contingencia lo desacredite, las pretensiones de libertad de las personas. Esto es, proclamar leyes impide estar a merced de la tiranía. El autor sostiene la siguiente tesis:

 

Lo que queda, sin embargo, libre es el poder de prever su propia decadencia y de prevenirse contra ella [la tiranía]. La libertad consiste en instituir fuera de sí [1]un orden de razón; en confiar lo razonable a lo escrito, en recurrir a una institución. La libertad, en su temor a la tiranía, acaba en institución, en un compromiso de la libertad en nombre de la libertad, en un Estado” (Levinas, Libertad y mandato, cit., p. 72).

 

El peligro que detenta la tiranía es su posibilidad de anular la resistencia frente al mandato a tal punto que ni siquiera se puede hablar de mandato, pues ya no existe un sujeto mandado. Esto quiere decir, que el mayor poder de la tiranía es instaurar el mandato dentro de los sujetos, de tal modo que, ya no sea externo a ellos, sino que nazca en ellos mismos. El mandato desparece en la medida en que ya no hay nadie a quien mandar.  En efecto, Levinas explica que:

 

La verdadera heteronomía comienza cuando la obediencia cesa de ser conciencia obediente, cuando se convierte en propensión[2]. La violencia suprema está en esta suprema dulzura[3]. Tener un alma de esclavo es no poder ser ofendido, no poder ser mandado (Ibid. p. 71-72).

 

El tirano, de hecho, se encuentra solo en tanto que, según Levinas, no hay nadie frente a él. Y por esta misma razón, él jamás ha actuado, pues jamás ha habido una consciencia que se le resista sobre la que pueda actuar.

Entonces, si la tiranía no considera la libertad, es un espacio donde la libertad no prospera, no por opresión, sino por soledad, y la libertad de lo político es sólo una quimera que se nos da exteriormente y de modo inadecuado, ¿cómo preguntar por la libertad? ¿tendría algún sentido preguntar por ella?

Para Levinas esta pregunta sí tiene un sentido, y se puede pensar la libertad, la respuesta a ambas preguntas vendrán de la mano de la noción de «rostro».

Además, si lo contrario a la tiranía es el Estado, y este es otra tiranía, esto significaría que la verdadera libertad, no es una respuesta a un problema de contrarios. No es el lado oscuro del luminoso.

En efecto, el autor explica que: “[El rostro] es una oposición anterior a mi libertad y que la pone en marcha” (Ibid., p. 77). Por esto, no tiene sentido preguntarse en qué lugar la libertad se ve salvaguardada, como si ya la tuviéramos de antemano con nosotros, sino que hay que pensar el momento anterior a ésta, el que la consagra. Vale decir, no se trata de pensar qué es lo contrario y si ésta es la institución, sino pensar el momento fundamentalmente anterior al punto en que «libertad» tiene un sentido para nosotros. Esta distinción del modo de acercarse a la libertad, el pensar anterior a un pensar, será tematizada en la distinción conceptual entre τόδε τι (este algo) y καθ´ αὐτό (en sí mismo).

Tanto la tiranía, como la política abordan las cosas en tanto τόδε τι, o sea, en tanto conocimiento conceptual, mensurable, apropiable en su generalidad. Negar la individualidad de las cosas, llevándolas a los conceptos, es referirse a ellas en tercera persona
[4], tocarlas tangencialmente. Para Levinas, conceptualizar es dominar, en tanto que se pierde la condición de ser algo otro en el proceso de aprehensión que significa el pensamiento tiránico. τόδε τι no es jamás extraño a la tiranía.

Aquel piensa que  la experiencia directa con un ser, no opacada por las lógicas de la tiranía, se daría en una desnudez, en su falta de vestimenta categorial o conceptual. El rostro es la donación de un ser que se resiste a la dominación. Resistencia, que no se mide en términos de fuerza, sino de expresión, de un καθ´ αὐτό.

En este punto podemos comparar el cese de la discusión entre ambos personajes de Locutorio, como el desalojo del mundo tiránico y el regreso a un más acá de la dominación conceptual. Dejar de exigir que el otro se adecué a mis representaciones (él es el visitado, yo soy el libre), es también dejar que él se exprese en su sentido propio, no un sentido donado por mí o por el contexto y sus representaciones, sino que el rostro se expresa, en tanto que se da con un sentido propio. καθ´ αὐτό no es sólo resistirse a las categorías, ser eternamente un noúmeno, sino que además es mostrarse a sí mismo desde sí mismo por sí mismo. Pero el fin de la discusión no es un «no seguiré buscando persuadirte», pues esto implicaría pensar al otro como una fuerza, como un muro difícil de soslayar, sino que la discusión termina con un silencio, con un «no hay nada más que decir, pues no es, en este caso, el decir lo que está cargado de sentido, sino la expresión propia del rostro». Sin embargo, si bien la expresión no dice nada sobre nadie, no habla de alguien o algo, ésta invita a hablar, pues invita a hacer sociedad con el rostro. En efecto, la expresión no tiene un significado que hay que codificar, no es ni siquiera una metáfora, es inmanente a ella misma, pero el hecho de expresarse, de mostrarse invita a que nos relacionemos con lo mostrado, a que le hablemos. Y es por este motivo que luego del silencio vuelve a aparecer el discurso, los personajes se distraen charlando de otros asuntos.

Si no fuera así, si el rostro instaurara sólo silencio, entonces la obra no hubiera avanzado más allá de sus primeros 5 minutos. El hecho de que ésta continúe, atestigua “el acontecimiento primero de una transición entre libertades” (Ibid., p. 80). En efecto, para Levinas, la libertad es consagrada en la relación con el rostro, en donde, a su vez, se instaura la ética.

Y, sin embargo, suena extraño, pues pareciera que la posición del rostro también es una cierta tiranía. Esto es, el hablar es la respuesta a una situación de la que nosotros no somos dueños. ¿Cómo pensar, entonces, la libertad desde una situación no elegida? Estaríamos obligados a ser libres, parece un oxímoron. Y Levinas, aun así, responde que la libertad es posible de pensar en la relación con el otro, pues aquella se instaura antes de cualquier sistema que entregue sentido desde afuera. El otro se da con un sentido propio y ajeno a cualquier sistema tiranizante.  Es por esto que su mandato (commandement) no es tiránico, pues, a diferencia de la tiranía que tematiza Levinas, el mandato nunca viene desde mí mismo, sino que es siempre externo, entonces constituye relación, en tanto que no borra a los sujetos de la faz de la tierra, dejando al tirano solo. Finalmente, si el mandato viene desde un afuera, un afuera que se resiste a ser adentro, la relación que se consagra con el otro no es tiránica, sino que, más bien, libre.


 

[1] Las cursivas son mías.

[2] Entendida como una inclinación propia hacia algo.

[3] Entendida como una inclinación natural hacia algo.

[4] Esta idea recuerda al par de palabras (Wortpaar) «Yo-Eso» (Ich-Es) que Martin Buber tematiza en su libro Yo y tú (Ich und du). Estas palabras fundamentales (Grundworte) nos muestran que, en el «reino del Eso» (Reich des Es), tratamos como objetos (Gegenstände) a lo que nombramos, no nos referimos a los algos (Etwas) en todo su ser, pues por la razón que éstos son, para nosotros, algos.

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