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04/06/2017


El cuerpo de la desnudez

Daniela Rivera Riquelme


Todo parece indicar que si deseáramos concebir algo de manera genuina, la mejor aproximación a la cual podríamos apuntar sería la concepción de ese algo al desnudo. El lenguaje comúnmente presenta la desnudez como aquella cercanía que logra una manifestación notoria, obvia, evidente de lo que contemplamos. Pero esta intuición preliminar sobre la desnudez pronto se debilita al tropezar con el cuerpo. Ahora parece que para el cuerpo, la desnudez lejos de hacerlo manifiesto, más bien lo oculta bajo los significados que puede tomar la condición de carencia, de privación, de despojo que ella sugiere.

Giorgio Agamben en su ensayo Desnudez [1] nos muestra dos escenas, ambas aparentemente similares, pero relevantemente antagónicas. En torno a la reflexión sobre el acontecer de la desnudez, Agamben relata la puesta en escena de la artista italiana Vanessa Beecroft, en la cual cien mujeres posaban desnudas frente a los grupos de asistentes que, en la perplejidad de la inmovilidad de las modelos, se mantenían incómodos y expectantes a algo que aún no había tenido lugar. Los cuerpos estáticos que posan desnudos, a su vez manifiestan en su rostro una profunda indiferencia frente a lo que acontece; es la mirada de la desfachatez que logra invertir la relación entre espectador y modelo, entre vestido y desnudo.

El cuadro nos traslada a la escena de Saló, el film que inspira Pasolini en Las ciento veinte jornadas de Sodoma del Marqués de Sade. Allí, a modo de preámbulo de los rituales sadomasoquistas, los cuerpos desnudos de un grupo de jóvenes son revisados minuciosamente por sus victimarios. La carencia de vestimenta es lo que exalta la inferioridad, es lo que pone de manifiesto la relación de poder que acontece.

Ambas escenas muestran el enlace entre el objeto como cuerpo desnudo expuesto a un espectador que examina cubierto en sus vestimentas. Sin embargo, Agamben insiste en hacer ver que sólo en una de las escenas acontece la desnudez – como tradicionalmente se concibe – y que en la otra, ella no habría tenido lugar. El énfasis parece estar en la consciencia de desnudez que resulta en cada caso. Para Agamben, las modelos de la performance de Vanessa Beecroft no padecen la desnudez. Allí, la compresión de la propia desnudez no dio lugar al padecimiento avergonzado de una carencia, y con ello, de una inferioridad. La mirada de la desfachatez parece anular la comprensión de una desnudez que carga con el valor de la culpa de lo que ha sido arrebatado. La desfachatez – siguiendo a Agamben – daría paso a una desnudez simple, una desnudez que ya no se padezca, sino que ahora simplemente acontezca.

¿Qué es aquello que se ignora en un caso y se padece en otro? ¿Cuál es el movimiento de esta desnudez simple que posibilita el acceso a un cuerpo sin culpa?

Agamben elabora en su ensayo un rastreo del significado que tradicionalmente se atribuye a la desnudez del cuerpo. Así, resulta que en la cultura occidental, toda vez que se piensa la desnudez, ella se concibe como inseparable de su contenido teológico. El cuerpo teológico se piensa a raíz del relato del Génesis y su narración de la expulsión de Adán y Eva del paraíso. Previo a la caída, previo a la consumación del pecado, Adán y Eva habitaban desnudos en el paraíso, y esa desnudez no era una al modo de la privación o de la carencia, sino que aún estando desnudos, ellos gozaban de vestido. Antes del pecado, Adán y Eva estaban investidos por la luz divina, por el vestido de gracia que los enaltece como creaturas a imagen y semejanza. Previo al pecado no acontece la desnudez como privación, sino como donación divina.

Tras el acontecimiento del pecado habrán de cubrir una desnudez que transita desde la gracia hacia la desgracia, un movimiento de privación, de despojo del don antes gozado. El cuerpo desnudo que antes era cubierto por una luz de gracia que ilumina a una creatura a imagen y semejanza divina, ahora es despojado de su don y su carencia revela una corporalidad meramente funcional, un cuerpo visceral de carne en potencial putrefacción; un cuerpo sin gloria. La vergüenza del cuerpo desnudo, del hombre revelarse como tal, se concibe como la eterna culpa de la inferioridad de la naturaleza del hijo frente a la divinidad del padre.

Agamben señala que la vergüenza, la necesidad, la culpa, son los dispositivos que operan en la concepción de la desnudez y su revelación del cuerpo. Con ello, su reflexión invita a superar tales dispositivos para poder acceder un cuerpo puro a través de una desnudez simple,  un cuerpo despojado de las cargas teológicas de la culpa y la timidez. Sin embargo, parece ser que el anhelo del cuerpo puro termina por oscurecer nuevamente el cuerpo mismo al que se intenta aferrar.

El movimiento que propone Agamben parece afirmar esa carga teológica, acepta esa determinación valórica que concibe la desnudez como la puesta en escena de lo carnal, de lo putrefacto, y con ello, de su no-divinidad, de su finita inferioridad. Asentir a tales valores es coherente con el gesto de asumir la carga a través de la indiferencia: un rostro indiferente que se origina en la legitimización de aquello que se niega. Todo pasa como si Agamben se mantuviera dentro de las mismas lógicas que propone superar: asiente – para luego negar –  la concepción de la desnudez que parece rebatir. Para pensar el acceso a la desnudez simple la reflexión gira en torno a un ideal al que subyacen las nociones más teológicas; anhela un acceso que pueda revelar, alumbrar un cuerpo en su máxima pureza, como si celosamente ambicionara alcanzar los valores que dicha tradición enaltece.

La aparente cercanía que propone una desnudez que manifiesta lo obvio, lo patente, no hace más que mostrar la opacidad de un cuerpo sobre el cual operan otros cuerpos distintos de él, como hemos visto, cuerpos que también lo constituyen, meta-cuerpos quizás. Con ello, el rastreo histórico que propone Agamben nos muestra que el cuerpo de la desnudez no es el cuerpo puro, sino el cuerpo teológico, el organismo que, tal como un órgano fisiológico, opera bajo de él al modo del dispositivo. Pensar la desnudez como la clave para comprender un cuerpo en sí parece ser sólo otro de los caminos de la opacidad. Así, si de transparencia se tratase todo esto – y con ello, aún bajo las lógicas del lenguaje teológico – convendría reconocer que toda vez que pensamos la desnudez, nos encontramos, ahora sí, con su más pura complejidad.


 

[1] Agamben, G., Desnudez, trad. M. Ruvitoso y M. D’ Meza. Barcelona: Anagrama, 2011.

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