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   c  r  ó  n  i  c  a

30/06/2016


Ser cuerpo, pensar el cuerpo

Matías Rivas Vergara

Con Artaud, la reflexión sobre el cuerpo adquirió matices proclives a considerarlo en su plena inmanencia, en su propio y, al parecer, natural exceso. Trascendiendo al yo, al cogito cartesiano, el cuerpo parece estar y no estar presente a la conciencia. Dicho problema encontró un cauce adecuado en la temática del teatro. Artaud proponía un “teatro de la crueldad”, es decir, una vuelta a la espontaneidad del cuerpo en la expresión de lo trágico. La tragedia se entendía, de este modo, como manifestación fisiológica y no meramente como reflexión interior. Es el cuerpo el que expresa lo trágico, pues se necesita del gesto y de su exuberancia para poder hacer vibrar las fibras del cuerpo y del pensamiento de los espectadores. En este sentido, Artaud buscaba un lenguaje capaz de transmitir toda esa crueldad de la vida, todo lo crudo, lo que nace y muere en el instante. Buscaba un lenguaje del cuerpo. El actor debía entonces ser cuerpo, ese cuerpo que lleva dentro de sí al pensamiento, ese cuerpo que es a la vez espacio y tiempo de las relaciones del hombre con el mundo.

Sin embargo, para que el actor logre ser cuerpo, para que la naturalidad de la vida sea en él algo verdadero y no un simple maquillaje cuyo truco se descifra a la primera mirada profunda, parece necesario un cierto disciplinamiento, un camino que lleve al cuerpo a su verdadero lugar, para que, una vez allí, este sea al fin libre y actúe con espontaneidad. Esto es precisamente lo que propone Stansilavski: un ejercicio del cuerpo, llevarlo a sus propios límites, para que así se libere del peso de la voluntad que le ordena y lo atrofia en su espontaneidad. Actuar como si fuera la vida misma, pero a sabiendas de que se trata de un arte. Este parece ser el mensaje de Stanislavski, a mi juicio. Intenta llevarnos a un plano en donde el pensamiento puede ayudar al cuerpo en la medida en que este toma conciencia de sí mismo a tal punto de que pueda después automatizar los movimientos.

Entre el control del cuerpo y el dejarlo libre, entre el control como método y la espontaneidad como fin, la reflexión sobre el cuerpo y sobre el cuerpo del actor, nos llevó a un plano que trasciende lo estético y lo metafísico. Se trata de una tensión que se vive no sólo en la inherente dicotomía entre el yo y el cuerpo, entre lo que pienso y lo que siento, entre lo que hago y la contemplación de lo que hago. En esta dualidad rítmica, el cuerpo pasa de ver a ser visto, de estar a no estar, de poseerse y de estar inalcanzable, en fin, se trata de una constante ambivalencia que, en vez de reducir, quizás sería mejor mantener. A ello apuntaban quizás las reflexiones de nuestra invitada, la actriz Millaray Lobos, quien nos instaba a ver la actuación como una práctica en donde el cuerpo es a la vez libre y a la vez parte del sujeto, en donde el estar fuera o dentro de sí poco importa, pues finalmente es el cuerpo el que se impone, su movimiento, su impacto carnal sobre las miradas de los demás. En este sentido, ser cuerpo y pensar el cuerpo parecen ser dos dinámicas de un mismo movimiento que está condenado a un oscilar continuo. Y quizás sea bueno que así sea, pues, como en el texto de Nancy, quizás lo único posible sea dar algunos indicios sobre el cuerpo y nada más.

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