e x t o s

 

 

   c  r  ó  n  i  c  a

21/05/2017


Temores a la desnudez

Andrea Potestà


Para Giorgio Agamben, la reflexión sobre el cuerpo pasa por la historia de la desnudez. Se trata, si se quiere llevar a cabo una comprensión exhaustiva del cuerpo, de “liberar del todo a la desnudez de los esquemas que nos permiten concebirla sólo de modo privativo”[1]. Su reflexión toma, en ese sentido, un enfoque emancipatorio: hay que deshacerse de los esquemas teológicos y “neutralizar el dispositivo que produjo [la escisión]”[2]. Hay que desactivar la milenaria maquinaria religiosa y llegar a concebir una estrategia destituyente capaz de superar el obstáculo.

 

¿Cómo se pretende llevar a cabo la desactivación del dispositivo teológico de la desnudez y cómo se pretende encontrar otro acceso al cuerpo? Agamben no parece preocupado por el problema del método. Pero salta a la vista una profunda complejidad: se pretende, en el texto La desnudez, superar el modelo teológico, pero se lo hace con las herramientas de la Aletheia heideggeriana, de lo sublime kantiano y de la belleza benjaminiana, esto es, con herramientas, a su vez, embebidas del mismo modelo que se trataría de romper. ¿No son acaso los temas del “desvelarse de lo manifiesto”, del “sentimiento del límite” y del “brillo apareciente” temas que se sustentan eminentemente en la tradición teológica?

 

El proyecto agambeniano parece contaminar problema y solución y no deja ver claramente qué camino se pretende abrir. Pero, más allá de esto, es el tema del “más allá” que se presenta de modo intrigante y sin embargo, de nuevo, problemático. Conocer la desnudez, observa Agamben, impone “remontarse arqueológicamente más allá de la oposición teológica desnudo/vestido”; pero eso no significa superar la privación y acceder a algo previo a la perdida, como si se tratara de cambiar simplemente de enfoque. Ese “más allá” impone entrar, observa Agamben, en una ausencia de contenido, o en el conocimiento de la pura cognocibilidad. Al desnudar la desnudez del dispositivo teológico, lo que se revela es “la luz de la cognocibilidad”[3]. Cuando Adán y Eva comen el fruto del árbol, lo que se manifiesta es el acto mismo de intelección racional, el punto cero del saber, la “contemplación en una desnudez de una desnudez”[4]. Agamben quiere entonces encontrar la “simple desnudez”[5], la desnudez como tal, que es desnudez de toda desnudez, “infinitamente carente de secreto”[6], lo cual se da, al seguir el hilo de su argumentación, en la medida de una presentación sublime: la apariencia que, en su exhibición, “deja acontecer lo inaparente”[7].

 

Entonces, el centro de la propuesta de Agamben sería el siguiente: el dispositivo teológico puede ser desactivado al mostrar la vacuidad del principio negativo o privativo. La oposición desnudez/vestido, así como la oposición naturaleza/gracia y todas las milenarias parejas que definen la relación al cuerpo desnudo a través la negación del vestido, en realidad, se sustentan sobre un paradigma que podemos, para Agamben, modificar satisfactoriamente recurriendo a la “simple desnudez” como motivo afirmativo, o sea, como “miserable exhibición de la apariencia”[8], como envoltura que no tiene nada detrás. Ahí el cuerpo es “cuerpo glorioso”, un cuerpo que, como después de la muerte, resurge intacto, liberado de la separación entre naturaleza y gracia. Es un cuerpo por fin puro.

 

Los argumentos convocados por Agamben, vistos de cerca, son extremadamente ricos y poderosos, y el estilo es liviano e impetuoso a la vez. Pero alejando un poco la mirada, se ve a mi parecer lo problemático de la orientación agambeniana. Se busca (heideggerianamente) superar la escisión, superar la metafísica, romper el dispositivo onto-teológico primitivo, y con ello pensar el origen en su pureza, la desnudez como tal, en tanto coincidencia o indiferencia de los dos términos de la escisión. La propuesta de Agamben busca “la coincidencia, esto es, el caer juntos, de los dos términos”[9]. Pero al desactivar las escisiones, al hacer caer juntos los dos términos (sujeto y objeto, potencia y acto, naturaleza y gracia, desnudez edénica y vestido reparador, etc.), ¿seremos por fin capaces de ver –algo? ¿O acaso lo indiferenciado que se busca es una de esas vacas negras en la noche, como diría Hegel?

 

¿Podemos buscar en el cuerpo algo liberado y puro, esclarecido y simple? ¿No estamos acaso ya en esta búsqueda convirtiendo el cuerpo en otra cosa? De hecho, quizás, lo único que se revela ahí es el revés de lo dado (para hablar, de nuevo, en teólogo negativo). Pero no está garantizado con antelación el hecho de que sepamos quedarnos en esta falta de nombres y en esta negación afirmativa. Lacan, quizás, veía bien ese punto cuando decía del cuerpo desnudo: “Hay allí un horrible descubrimiento, el de la carne que nunca se ve, el fondo de las cosas, el reverso de la cara, del rostro, las secreciones por excelencia, la carne en todo su maleficio, en lo más profundo del misterio, la carne en su condición de informe, cuya forma es, por si misma, algo que provoca angustia”[10]. La desnudez es en ese sentido simple solo ilusoriamente.


 

[1] Agamben, G., La desnudez, trad. M. Ruvituso y M. T. D’Meza, Buenos Aires: Adriana Hildago editora, 2011, p. 94.

[2] Ibid., p. 97.

[3] Ibid., p. 118.

[4] Ibid., p. 120.

[5] Ibid., p. 80.

[6] Ibid., p. 124

[7] Ibid.

[8] Ibid., p. 133.

[9] Agamben, G., L’uso dei corpi. Homo sacer IV, 2, Vicenza: Nera pozza, 2014, p. 214.

[10] Lacan, J., El seminario, libro II, Barcelona: Paidos, 1979, p. 31.

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