e x t o s

 

 

   c  r  ó  n  i  c  a

15/05/2017


Hábito y creación

Paulina Morales


En la visita de Iria Retuerto y Fernanda Stuart se nos ha mostrado la forma de habitar de un grupo, en cierta medida homogénea, dentro de un recinto cerrado y hermético: el Sename. Un grupo de menores de edad que pueden ser fácilmente clasificados dentro de una serie de categorizaciones sociales, como vulnerables, pobres, algunos huachos, a otros delincuentes, pero en suma, todos los internos de este centro residencial de protección se asimilan por estar sujetos y oprimidos por una misma desigualdad social, la cual los lleva a carecer de aquello se supone un bien mínimo para todos los menores: un hogar.

El Sename funciona, ante una observación más analista, como un muestrario de la clase social baja, debido a que no solo se les reconoce habitudes conductuales provenientes de su estilo de vida adquirido, sino también debido al encierro y a las normas a las cuales se atienen durante sus cortos períodos de estadía. ¿Y qué muestran estos sujetos? Desde una mirada general del panorama, Retuerto y Stuart han podido dar con un patrón conductual por el cual todo joven interno necesariamente se adecúa, independiente de la duración de su estadía. Este patrón se compone de momentos de estabilidad, que corresponde a como debería ser el comportamiento, según las normas conscientemente conocidas por todos los que conviven en el lugar (jóvenes y cuidadores); pero también contiene momentos de transgresión. Esta transgresión, no se logra visibilizar como una ruptura del orden impuesto, sino más bien como momentos de quiebre en la convivencia que están interiorizados en el inconsciente colectivo, pues, no solamente aquellos que viven esta realidad pueden notar los aspectos que corresponden a una conducta transgresora, sino también las investigadoras, quienes logran incluso esquematizar aquellos aspectos de la conducta que responden a momentos de transgresión, y cuales corresponden al ambiente de estabilidad.

Si consideramos a esta micro-sociedad como una muestra, es posible incluso aplicar estos patrones a conductas cotidianas en comunidades de una micro-cultura de características urbanas y económicamente vulnerables, en las cuales existen, de la misma manera, un ambiente de estabilidad en la interacción de los diferentes individuos, como también estos espacios de transgresión a lo común, momentos que son fácilmente identificables por aquellos que habitan(mos) dichos espacios. El lograr identificar e internalizar estos espacios de transgresión dentro de lo habitual, viene con una adecuación y sincronización del cuerpo con el entorno, viene con un entender diferentes disposiciones de los cuerpos (ajenos), esto es, encontrar un sentido en el movimiento de los cuerpos desde la experiencia –es decir, dependiendo de la inserción del cuerpo 'propio' en este entorno.

Sin embargo, justamente insertando al cuerpo dentro de un contexto conductual que parecemos tener racionalmente resuelto (o analizado), cabe preguntarse: ¿realmente toda transgresión se concibe dentro de un patrón conductual? Es decir, ¿será suficientemente preciso el admitir a toda disposición corporal subversiva dentro de la misma significación de 'transgresión'? O incluso, ¿será acertado incluir toda conducta corporal predecible, según las normas dictaminadas, dentro de lo 'estable'? De ser efectivamente un patrón conductual cerrado, cualquier espacio para una nueva disposición corporal sería imposible. Sin embargo, hemos podido concederles a los jóvenes internos que los modos posibles de 'transgresión' no están ya dentro de un inventario de actitudes, pues, hay constantemente nuevas posibilidades para evadir tanto a la norma como a la transgresión normalizada. Podemos concederle al desarrollo cultural de los barrios vulnerables una innovación de sus rasgos distintivos. Podemos concederle al cuerpo que su movilidad e interacción con el entorno parece no estar determinado por completo, razón por la cual el contenido de aquella categoría que llamamos 'transgresión' logra mutar de cuando en cuando, y con ella, también el contenido de lo que entendemos como lo 'estable'. Pero podemos conceder todo esto únicamente si tenemos la experiencia de interactuar con, de ser afectados por y, por qué no, de ser estos cuerpos en transgresión con su propia determinación conductual.

Pareciera que la transgresión, como fenómeno, es lo que completa un binomio, sin embargo, es posible pensar un elemento que haga difuso el límite entre lo que transgrede la norma y aquello que alienta su estabilidad. El cuerpo, siendo algo que puede adoctrinarse y que se con-mueve con un entorno envolvente, es también un principio de innovación, un espacio para la creación, una fuerza desde cero que implicará la reacomodación de todo lo que toque.

atrás