e x t o s

 

 

   c  r  ó  n  i  c  a

29/04/2017


El borde del recinto

Andrea Potestà


El bellísimo diálogo que hemos tenido con Iria Retuerto y Fernanda Stuart me hace pensar de inmediato en la importancia del tipo de ejercicio que estamos proponiendo aquí: pensamos el cuerpo, pero también tratamos de hacer la prueba directa de su expresividad y de sus maneras de hacer sentido. Al escuchar a nuestras invitadas y al percibir la fuerza de la experiencia que nos relataron (la experiencia que tuvieron en su trabajo de terreno en el SENAME y la que tuvieron en la hora de construir un lenguaje danzado capaz de restituir la espacialidad del cuerpo vulnerado), nació en mí una nueva comprensión de los límites en los que estamos comúnmente vinculados cuando encajamos al cuerpo en distintos análisis teóricos y demostrativos, o cuando pretendemos traducir al cuerpo en un plano de transparencia esencial.

Por las misma razones, en realidad, me surgieron dos preocupaciones. Lejos de ser “críticas” u objeciones al preciosísimo trabajo de investigación en terreno presentado por nuestras invitadas, o de permitirme siquiera plantear una pregunta interna a su trabajo, se trata sin embargo de aspectos que me hacen ruido, y creo que consiste en un ruido con cierta relevancia para los fines de nuestro grupo de investigación.

Una primera preocupación es de carácter metodológico: no sé si realmente se puede danzar en vista de relatar, tal como lo sugieren las investigadoras. Creo sinceramente que hay una recíproca exclusión o por lo menos un salto, un hiato, entre el cuerpo en acto y la reflexión analítica sobre el sentido del cuerpo. El proyecto de una “mirada desde la danza” (expresión que se encuentra en el título del artículo que hemos discutido
[1]) es seductor, pero supone la identidad de planos heterogéneos (el “mirar” y el “danzar”, para empezar). Si pudiésemos hablar con el cuerpo del cuerpo, si pudiésemos de verdad reproducir en nuestro cuerpo danzante los mismos gestos de los cuerpos mirados, sin distinción, sin saltos, estaríamos justamente abatiendo la barrera de impenetrabilidad que un cuerpo, en cambio, eminentemente es. O sea, estamos corriendo el riesgo de apropiarlo, de hacerlo objetivo, mientras que el cuerpo emerge únicamente en los intersticios y en las “junciones rotas” de subjetivo y objetivo. Ni “yo pleno”, dominado y libre, ni “no-yo”, pasivo y vinculado al peso de las cosas, el cuerpo otorga el espacio de esta oposición pero se retira siempre de toda captación definida. Hay cuerpo solo en este imponderable, en este desfase. Lo vemos solo al concederle un espacio inaccesible y diferencial. En cambio, la metodología avanzada en el artículo que hemos discutido, que pretende “escribir con la danza” (p. 19), usar “espacio, tiempo, peso y flujo” para “comprender el cuerpo sin traducción a palabra” (p. 18), encontrando así “el alfabeto del movimiento que no necesariamente [remite] a una lógica lingüística” (ibid.), parece pretender entender al cuerpo como tal, sin distancias o saltos. Ese “como tal” quizás simplemente no se da. No se da en ningún lenguaje, en ninguna escritura, en ningún análisis, sea eso teórico-discursivo o danzado. No hay donación plena, no hay Sinngebung, de eso que solo se ve en su continuo retirarse de toda significancia.

Sin embargo, frente a esto, es mi otra preocupación la que me interesa más, que no es de naturaleza metodológica sino relativa a los alcances de la investigación propuesta: se han avanzado observaciones analíticas sobre el cuerpo, en vista de definir los espacios y los hábitos de sumisión/insumisión que se generan en la dinámica propia de la represión y del control. La investigación que nos han relatado las invitadas intentaba analizar y entender la manera en que un recinto cerrado produce disputas a través de las formas de ocupación del espacio que desembocan en posturas corpóreas determinadas, la cuales a su vez permiten adoptar estrategias de control definidas: resistir o someterse a la regla, escapar o quedarse en la quietud del espacio definido, ambas posturas confirman el modelo de segregación y la misma práctica espacial. De aquí mi preocupación (sin duda extraña a los fines propios del trabajo de Iria Retuerto y de las otras colaboradoras del proyecto): si se analiza todo esto sin más, si se quiere observar la dinámica del control sin la preocupación (esencialmente política) por diferenciar el movimiento del cuerpo (genitivo subjetivo, o sea: el movimiento suyo, que proviene del cuerpo y que le pertenece propiamente) del movimiento del cuerpo (genitivo objetivo, o sea: el movimiento impuesto, generado o suscitado por la ley espacial determinada en que el cuerpo es subsumido o sometido), no se abre ninguna brecha para pensar el cuerpo como espacio de “tensión” (no quiero hablar derechamente de “resistencia”, pero es a eso que apunto). El cuerpo es también, en cierto modo (en un modo que quizás justifica que se quiera hacer un grupo de investigación “cuerpo y lenguaje”), superficie de esta tensión: es postura y habito definido por la regla, repetición y abandono a los equilibrios vigentes; pero es también espacio en que se da “rebosamiento” e inadecuación al orden. Cuerpo es superficie de ejercicio del orden, pero también exhibición de un exceso, de una insumisión que es excesiva en relación al dispositivo de control que se le instala. Es a la vez soporte de instalación de la ley (y del lenguaje) y desgarramiento de todo soporte (y de todo lenguaje). Es dinámica de la ley (del orden y de la transgresión, ambos relacionado a ella) y también espacio de des-orden, de des-organización, de des-función o de la inercia. Es sistema y alteración.

Esta duplicidad me interesa y me lleva a citar a Rancière en contrapeso a lo dicho: hay “policía”, como se la llama en El desacuerdo[2], (o sea, el “orden de los cuerpos que define las divisiones entre los modos del hacer, los modos del ser y los modos del decir, que hace que tales cuerpos sean asignados por su nombre a tal lugar y a tal tarea”, p. 44), pero también hay “política” (o sea, lo que “rompe la configuración sensible” y “desplaza a un cuerpo del lugar que le estaba asignado o cambia el destino de un lugar, hace ver lo que no tenía razón para ser visto, hace escuchar un discurso allí donde solo el ruido tenía lugar”, p. 45). La mirada hacia una y otra cosa -hacia una gracias a la otra-, me parece capaz de indicar la tensión propia del cuerpo y también abrir nuevas apuestas. No solo los niños en los recintos del SENAME se someten al orden o escapan del orden, replicando y confirmando el modelo policial al que están sometidos, sino que sus hábitos corporales muestran la emergencia de lo nuevo, de lo imprevisible, de lo incalculado por el sistema: los niños, como se nos ha relatado, pololean entre un recinto y otro, suben al techo para mirarse, juegan con variables que escapan a todo control, y es ahí, en las pequeñas o imperceptibles distorsiones del orden y en la creación de nuevos espacios de subjetivación, que se juega una instancia “política” de los cuerpos y una posible perforación del régimen policial. El diálogo con nuestras invitadas podría retomarse desde aquí, interrogando esos intersticios y puntos de fuga del cuerpo insumiso. Debemos tener en cuenta que una conexión poderosa ya se nos ha dado entre Foucault, Deleuze, Rancière y la mirada desde el adentro de un recinto del SENAME.
 


[1] Iria Retuerto, Olaya Gómez, Francisca Ibieta, Fernanda Suart, “Cuerpo y espacio en un recinto residencial de protección del SENAME. Una mirada desde la danza”, in Revista de Geografía Espacios, vol.4, pp. 10-29.

[2] Jacques Rancière, El desacierdo. Política y filosofía, trad. H. Pons, Ed. Nueva visión, Buenos Aires: 1996.

atrás