e x t o s

 

 

   c  r  ó  n  i  c  a

21/12/2016


El beso de Hermes y Afrodita
Pensar el género

Megan Zeinal

Inter arma enim silent leges
(Atribuida a Cicerón)


En la oscuridad no supimos definirla, parece que viene de tanta luz esta diferencia omnipresente. “Tiresias, el vidente ciego (el de la tragedia edípica) era varón y hembra, sus ojos estaban cerrados a las formas rotas del mundo de la luz y las parejas de contrarios”[1], y aún así fue capaz de distinguirlo todo.

Pensar el género es volver por el eterno camino desde el cual pluralizamos la unidad, es desenterrar la génesis de la multiplicidad y mirar si viene desde la dirección del espíritu, si se forjó en la cultura o si es apenas la expresión de una materia individuada. Preguntarnos si construimos la multiplicidad, si la necesitamos, y por qué la narramos constantemente. Puede que el sistema de oposición, dualidad, alternancia, y simetría sean los más maravillosos productos fenoménicos que el hombre ha desplegado para justificar las diferencias de las relaciones biológicas, o que el orden de manifestación sea opuesto. Hay quien dice que es en la conciencia misma donde habita una hostilidad fundamental y que el sujeto no se plantea más que oponiéndose: pretende afirmarse como lo esencial y constituir al otro en inesencial, someterlo. Oponer los géneros, reproducir una hostilidad inherente fue la forma más rudimental de resolverlo, de silenciarlo: "entre armas las leyes callan"
[2]. Los sonidos de la multiplicidad son ahogados una y otra vez por la pugna de la autoafirmación. La pulseada del género nos encuentra entretenidos en el rechazo y el deseo por la vieja diferencia instaurada dentro de sí misma, en los presupuestos que la moldean, en una estructura binaria y reductora, sobre y bajo la cual venimos figurándolo todo. El retrato más superficial es el del quiebre, el de una interacción antitética que pretende definirse como la relación de la multiplicidad consigo misma. Aún así, se ha intuido que “la relación de los dos sexos no es la de dos electricidades”[3], que el misterio es aún más vivo, dinámico, ya que lo asimétrico sugiere movimiento.

Por otro lado, negar que haya diferencia es una huida inauténtica, pensar en uno es pensar la privación, en lo menguante. Es creer que ya lo somos todo y no poder explicar como respiramos disociados, cómo vestimos, trabajamos, criamos y amamos disociación y todo queriendo erradicarla. Si somos capaces de representarnos la luz en siete colores, entonces, ¿por qué esforzarnos tanto para reducirlo y refractarlo distinto? ¿Para qué tanta fijación en el concilio, o en la comunión? ¿Porque Platón se asustó cuando vio que dos era menos que uno? En servicio del esquema anulamos la bellísima pluralidad que se produce en cada término. Sin la conciencia de que la única comunión que no implique extirpación debe darse desde la diferencia. Desde la sólida consubstancialidad es que se engendra el mundo de la pluralidad. Para besarse, Hermes y Afrodita tuvieron que reconocerse y celebrarse distintos. Lo que hoy viene aturdiendo es la posibilidad de acceder a la intimidad de la diversidad sin pretender dar masticado lo indigerible, ni reproducir otra expresión artificial de la fractura. Pensar el género en el oasis de una dialéctica, que no logre ser amputada en virtud de ninguna síntesis.

Consagrar la diferencia implica asumir la diversidad como el alimento de la existencia, o como la fuente infinita desde la cual la unidad se nutre y desborda. Implica fundirnos en las sombras de la interdependencia entre el mundo interno y externo. Ya sin el narcisismo de lo otro, permitiendo que la multiplicidad se exprese en su más deslumbrante evidencia,
[4] acompañada por el entendimiento de que la maravilla bisexual está intrincada como símbolo de la eternidad y del tiempo. Reconocer la paradoja sin resolverla es celebrar el carácter andrógino de cualquier presencia. Rendirse a la desemejanza es poder besarla.
 


[1] Campbell, Joseph. El héroe de las mil caras, Fondo de Cultura Económica, México. D.F, 2008, pág.178.

[2] Cfr. Inter arma enim silent leges (Atribuida a Cicerón).

[3] Simon de Beauvoir, El segundo sexo, Cátedra, Madrid, 2005, pág.3

[4] Ibíd, pág.5.

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