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19/12/2016


Perforar el soporte

Andrea Potestà

Está claro que si se quiere evadir el modelo de dominación del cuerpo hay que pasar por la suspensión de su utilidad (la utilidad del órgano, dirían Artaud o Deleuze, de la huella material o del soporte de inscripción, diría la tradición estructuralista), ya que, de otro modo, órgano, huella y soporte se convierten en su contrario: función, valor ideal, medio de un significado. Pero esta suspensión es todo menos que simple. No es evidente saber cómo escapar de, ni tampoco cómo poner seriamente en tela de juicio a los presupuestos metafísicos que asocian la escritura o el soporte material o el cuerpo a una inutilidad, porque el fin termina apareciendo como un espectro inevitable del modo en que comúnmente habitamos el sentido.

Hay varios intentos fascinantes, poderosos, que representan, frente a esta dificultad, un impulso inagotable para el pensar. Uno de aquellos es el grito de Artaud, del que harto hemos hablado durante nuestros encuentros. Ese grito lanzado en el micrófono de la Radio Francés en 1947, censurado por ser obsceno e insensato, es un grito indecidiblemente capaz de mostrar la más profunda laceración de la carne y a la vez de no mostrar nada, o nada más que sí mismo, quedándose un gesto pura y simplemente inapreciable. Es un caso límite, por supuesto, pero abre una brecha extraordinaria en la cuestión del cuerpo: la voz, la materialidad del grito, llega por así decir a perforar, no solo los tímpanos de los oyentes, sino también la naturaleza misma del soporte. Artaud no solo hace que el soporte, la voz, signifique de por sí, ya que no reenvía a un significado ulterior, sino que igualmente descompone la noción misma de reenvío, y abandona el sentido a una ausencia.

Más allá de Artaud –si es que hay un más allá de la radicalidad de ese intento– hay miles de otros ejemplos de esta “perforación del soporte”: un ejemplo poético, no muy conocido, aunque Deleuze se refiera a él como al “poeta viviente más grande de lengua francesa” (Abécédaire), es el de Ghérasim Luca. Se puede aquí escuchar una lectura del poema “Passionèmment”:
 


Para Ghérasim Luca, la sonoridad produce sentido de suyo. Valéry decía que “en la poesía, el sentido pide de vuelta el sonido” y es claramente lo que pasa acá. Pasa en todo poema, en realidad, pero aquí de forma paradigmática: el balbucear mismo de la voz es en sí mismo más productivo y útil que el lenguaje mismo pensado como herramienta de indicación de ideas. O justamente, para ser más preciso, el poema de Ghérasim Luca suspende la noción de utilidad para hacer emerger otra cosa: las palabras se sustentan en la sonoridad, en la vibración y en la resonancia, y no en un presumido espacio de sentido espiritual (tal como dice Merleau-Ponty en La prosa del mundo). El soporte desestabiliza la circulación del significado y permite que se irradien “consonancias”: son ellas que mueven al pensar y no al revés.

Los ejemplos artísticos, filosóficos, literarios, u otro, se pueden multiplicar, pero no agregan mucho a esto que ya se ve aquí claramente: el soporte (el cuerpo del sentido) no es orientado por el significar, pero tampoco significa de otro modo, sino que, insisto, perfora el significar y lo abre a su abismo. Este es el abismo que tratamos de cuestionar en el grupo de investigación.

Pero sí, haré otro ejemplo de esta perforación del soporte que me parece también fascinante. Un ejemplo que no es ni artístico, ni filosófico, ni literario, sino religioso: se trata de la Lectio divina, un modelo de oración medieval (inventado en el siglo XII por unos monjes cistercienses) que se componía de varios momentos: la lectio (la lectura del texto sagrado), la meditatio (un momento de silencio en que cada uno de los participantes reflexiona sobre el texto leído), la ruminatio (“ruminare” es el masticar del animal, que es un largo momento en que cada uno repite una u otra palabrita del texto que captura la atención, aislándola del contexto, insistiendo así en las palabras a sí solas), la oratio (el pedido a Dios) y la contemplatio (la unión silenciosa con él). Pero el momento clave es precisamente esa ruminatio: Juan de Fecamp, uno de los primeros en practicar ese rito de oración, decía que con esta oración no se trataba de “la ciencia del texto” (o sea de producir un saber cierto sobre lo dicho por la sagrada escritura), sino de “saborear el gusto de la escritura”.

Esto importa aquí: como el grito de Artaud, como el resonar del poema de Ghérasim Luca, aquí se trata de quedarse en el soporte (en la escritura) para perforarlo. Perforar el soporte significa todo lo contrario que superarlo en dirección del sentido incorpóreo del texto (el significado), pasando más allá. Significa al inverso mantenerse en eso que parece insignificante, inútil, y sobre el cual parece no tener sentido descansar, para desfondar la “ciencia del texto” y saborear las palabras en su inutilidad (afuera del contexto semántico). En esta inutilidad o en esta superación de la oposición útil/inútil, tal vez el cuerpo no es sometido: el grito no es locura, el sonido vehicula sonidos y la escritura es ruminatio, masticación, murmullo que no se queda quieto.

Ahora bien, no pienso que se trate (para el pensar o para nuestro grupo de investigación) de hacer lo mismo. De hecho, no gritamos, no balbuceamos en la búsqueda de nuevas sonoridades y no rumiamos textos o palabras. Pero sí me parece que podemos tratar de tomar la medida de ese resto que los ejemplos dejan brotar, y testar si existe un murmullo, una resistencia, en la hora de pensar el cuerpo, y por así decir darle cuerpo.

Algo del cuerpo resiste y queda inapropiable. Lo vimos en nuestras lecturas y encuentros: el cuerpo del teatro no es mera sumisión, sino que perfora la intención del actor, como piensa Artaud; el cuerpo que resiste a la dominación biopolítica en Foucault no es ni dentro ni fuera del poder, sino que perfora su efectividad, busca transvalorarlo; y, por fin, en el cuerpo de la escritura literaria o poética (tal como hemos visto con la visita del poeta Andrés Florit), si hay algo que resiste es la necesidad de perforar la palabra plena (profética u oracular), la necesidad de exceder la mera economía de la enunciación (la utilidad), y la necesidad de quedarse al margen del sentido.

Ahora, si es de esto que se trata, se hacen imprescindibles, a mi parecer, algunas interrogantes: ¿qué llamamos en lo específico resistencia? ¿Cómo evitamos el riesgo de un contragolpe heroico, que anularía toda inapropiabilidad del cuerpo, en la hora de invocar la resistencia? ¿Existe algo así como una resistencia sin heroísmo, una resistencia imperceptible, incluso a sus propios ojos? ¿Una resistencia a pesar de uno? Y nosotros, ¿hemos resistido con nuestro espacio de reflexión? ¿Hemos perforado el soporte de la especulación, de la universidad, de la institución, de la palabra filosófica? Si decimos que sí, ¿no emerge acaso ya un heroísmo completamente inadecuado? Y si decimos que no, ¿por qué seguir con un grupo “cuerpo y lenguaje”? ¿Es necesario, acaso, dar otra vuelta a todo nuestro dispositivo de cuestionamiento para velar que no se convierta en algo útil?

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