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21/11/2016


¿Quién es sujeto de los derechos humanos?

Hernán Noguera

La paradoja fundamental de los Derechos Humanos es que, al situarse como derechos inalienables de lo humano, se instalan como propiedades metafísicas y trascendentes que dificultan su comprensión y manejo. Si tienen su fundamento en un sustrato pre-socializado del sujeto, es decir, lo humano previo a cualquier cualidad particular (ej. despojado de la calidad de ciudadano de una comunidad particular, o la inimputabilidad de un paciente psiquiátrico) entonces lo universal de los Derechos Humanos es a su vez su sujeto: un cuerpo abstracto y pre-político. Así se funda una falsa dicotomía jurídica entre lo humano al desnudo (homo sacer) y el hombre como miembro de una comunidad. Esta dicotomía busca su garantía en una lógica iusnaturalista: el garante de los Derechos Humanos, tal como se conciben, es una garantía extra-jurídica y pre-simbólica. Para que efectivamente sean “los derechos de todos los seres humanos”, desde su nacimiento hasta su muerte, esta garantía extra-jurídica se afirma en derechos “naturales”. Y he aquí la paradoja:

La paradoja es que uno es privado de sus derechos humanos precisamente cuando uno es efectivamente, dentro de su propia realidad social, reducido a un ser humano “en general”, sin ciudadanía, profesión, etc., es decir, precisamente cuando uno efectivamente se convierte en el portador ideal de “derechos humanos universales” (que me pertenecen “independiente de” mi profesión, sexo, ciudadanía, religión, identidad étnica…) (Zizek, 2005, p. 4; traducción y cursivas son nuestra).

El problema que levanta esta paradoja es la despolitización de los Derechos Humanos (atrapados en el campo de un derecho natural y su sistema jurídico), y la prescripción universal de la relación dialéctica del sujeto con su propia comunidad. La dimensión pre-política del sujeto de los Derechos Humanos nos devuelve irremediablemente a la oposición moral de lo “naturalmente” bueno y malo. En la medida que los Derechos Humanos son de una subjetividad pre-política –reducidos a los derechos de lo humano al desnudo, de un cuerpo excluido de cualquier comunidad simbólica– entonces,

Como resultado de este proceso, los Derechos del Hombre se convierten en los derechos de aquellos quienes no tienen derechos, los derechos de seres humanos al desnudo sujetos a una represión inhumana y condiciones inhumanas de existencia. Así se convierten en derechos humanitarios, los derechos de aquellos que no pueden promulgarlos, las víctimas de la negación absoluta de derechos (Rancière, 2004, p.307; traducción y cursivas son nuestras).

Es en estas condiciones que los sujetos que encarnan sus derechos humanos no pueden ejercerlos plenamente, y por lo tanto exigen que algún Otro pueda hacerlos valer en nombre de los desvalidos, algún Otro que pueda restablecer su verdad. Desde esta perspectiva, el cuerpo y el Cogito son en primer lugar, y ante todo, la producción de una paradoja: un sujeto universal y abstracto al que se le deben restituir derechos –que por definición son inalienables– de los que se encuentra fundamentalmente alienado. El asunto se complica aún más cuando nos percatamos que esta subjetividad se encuentra doblemente alienada, debido a que queda en manos de Otros (comunidad, familia, institución) restablecer sus derechos, en la medida que el sujeto no puede ejercerlos por sí mismo.

Es, finalmente, un cuerpo proscrito y prescrito en nombre de un más allá divino, natural, universal. Y frente a ese más allá divino se impone la definición de un campo de batalla en el que luchar por derechos: género, locura, obrero. Todos expropiados de sus derechos, todos sus derechos en manos de Otros.

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