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   c  r  ó  n  i  c  a

20/10/2016


Visibilizar el cuerpo ocultándolo

Andrea Potestà

Por lo general, las luchas políticas consisten en reivindicaciones concretas y puntuales, pasan por la necesidad de visibilizar situaciones de injusticia que comúnmente pasan desapercibidas y por la consecuente necesidad de un reequilibrio. Las denuncias, la capacidad de mostrar los límites históricos-culturales de los contextos en que estamos arrojados, de indicar la inadecuación de las tradiciones que estructuran nuestro mundo, son pasos que permiten indudablemente (y que han históricamente permitido) avanzar en la emancipación de las partes sociales.

El problema se da, sin embargo, cuando la práctica de visibilización de una injusticia termina echando luz sobre algo que existe solo en la penumbra. Es tal vez lo que ocurre en el caso de ciertos problemas políticos asociados al género: al nombrar los cuerpos sexuados, al hacerlos soportes de reivindicación, afirmándolos como entidades políticas definidas, ocurre fatalmente una esencialización o la creación de una identidad que es todo menos que evidente. Acreditar la representación de género es tanto políticamente oportuno, así como indudablemente complejo, ya que implica apoyarse acríticamente en una mistificación del cuerpo (la de la cual se quiere salir) y en una construcción identitaria por definición violenta y reactiva.

Ahora bien, la política (así como el lenguaje) es tal vez consustancial a esta violencia. Se termina siempre silenciando las singularidades si se quiere hacerse cargo de ellas; se termina siempre haciéndose sordos a la particularidad efectiva si se quiere invocar la justicia.

Silvana Lauzán, en el encuentro del 29 de septiembre, nos ha hecho tocar esta inquieta necesidad. Desde el interior de la práctica política, es indispensable la herramienta de la “discriminación positiva”, como se la llama en algunos ambientes, que, aunque sea violenta y a su vez injusta, o por lo menos no liberada de las contradicciones de toda “reacción”, constituye una clave imprescindible de la lucha concreta de la política.

Así, si al feminismo se puede imputar de proceder a golpes de caricaturas a veces no diferentes de las que se quieren deconstruir y si la así dicha “interseccionalidad”, más que liberarnos de las caricaturas, no hace más que multiplicarlas, esto no es nada más que una razón de principio, contra la cual abundan razones de hecho: las contradicciones habitan toda reivindicación y no son nunca una razón suficiente para desistir. Hay que asumir el desafío de nombrar y visibilizar los problemas, al precio de abstracciones a su vez problemáticas, si se quiere construir estrategias efectivas de remodulación del derecho.

La cuestión queda por supuesto abierta, pero el aporte de la experiencia de quien trabaja a diaria con los derechos humanos ha tenido un impacto profundo en nuestro espacio de cuestionamiento.

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