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10/10/2016


Los cuerpos invisibles o el uso político del cuerpo

Matías Rivas Vergara

A partir de la lectura de Reflexiones sobre la guillotina de Albert Camus, se levanta una cuestión que no debiese dejar a nadie indiferente: ¿qué lugar le corresponde al cuerpo en el campo de la ética y la política? En sus reflexiones sobre la pena de muerte, Camus da a entender que la sentencia no proclama solamente la muerte de un ser humano, entendido como una idea, como ‘animal racional’ o como ‘espíritu’, sino la muerte de un cuerpo humano. Denostado por la tradición filosófica de corte cristiano-platónica, el cuerpo sufre la indiferencia de los lectores del periódico matutino que anuncia el número de ejecuciones capitales de la jornada anterior. Sin embargo, esta insensibilidad ante los cuerpos, sobre todo si se trata de cuerpos de criminales o de supuestos culpables de infringir la ley del Estado, tiene su contracara en el espectáculo de las sentencias a muerte en las plazas públicas durante ‘la Edad de la Razón’. La guillotina que corta en menos de una fracción de segundo el cuerpo y el hilo vital del malogrado ser cuya cabeza rueda sin control, y cuyo cuerpo tiembla todavía ante la mirada impávida del verdugo, es todavía símbolo de una muerte visible. Camus nos invita a apreciar el espectáculo de las antiguas sentencias capitales mostrándolas a través de la visibilidad que dan al cuerpo. El impacto de esta terrible visión provocó, por ejemplo, en el padre del francoargelino, una incontrolable y visceral náusea. Pero este vómito, esta reacción corporal pura y desnuda, no fue capaz de provocar, en los políticos que siguieron justificando la condena a muerte, una náusea intelectual, un vómito racional de repudio a la ejecución capital. Conscientes del asco, de la natural reacción de repulsión o fascinación enfermiza ante el espectáculo de un cuerpo desmembrado y sangrante, los ejecutores de la ley se propusieron Invisibilizar los cuerpos para dar a la muerte un rostro acorde a la justicia. Las sentencias se hicieron cada vez menos conocidas, sin público, en el patio trasero de alguna prisión desconocida y bajo una noche sin luna. La posible ejemplaridad de la crudeza de la ejecución se eliminaba así para dar paso a la abstracción y racionalización de la muerte, única manera de hacerla ver como algo natural y completamente susceptible de hallarse bajo el amparo de la ley estatal. Sin embargo, la muerte edulcorada, las sentencias sin sufrimiento del cuerpo, no cambiaban el acto en sí. Invisibilizar el cuerpo volvía así a la muerte algo normal e impune, y a la sentencia capital, un acto higiénico y bondadoso. En esto radica precisamente la importancia y actualidad de las reflexiones de Camus, puesto que la sociedad del disciplinamiento tiende a esconder los cuerpos, sea para normalizarlos o para eliminarlos. En este sentido, el francoargelino anticipa la línea tomada por Michel Foucault, quien se centrará en el cuerpo como objeto/sujeto de castigo. Para finalizar, cabe hacer notar algunas interrogantes: si el cuerpo muestra la muerte, ¿es el lenguaje el culpable de su ocultamiento? ¿Existe una soberanía sobre el cuerpo que se ejerce en términos lingüístico-políticos? ¿Somos soberanos de nuestros cuerpos? Como se ve, más que una respuesta, estas preguntas avanzan hacia un ejercicio de introspección de nuestro propio sistema político y de nuestra tradición ética y moral.

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