e x t o s

 

 

   c  r  ó  n  i  c  a

27/06/2016


Entregarse al cuerpo

Andrea Potestà

Con Stansilavski, hemos pensado el esfuerzo para sustraer el cuerpo a la consciencia, el esfuerzo para volver a una especie de “naturaleza perdida” (el “umbral del inconsciente”, lo llama Stansilavski). El actor debería, en su lectura, llegar a tener un autocontrol que le permite encarnar auténticamente los gestos y volver al flujo dinámico de la naturaleza (como hacen el gato o el niño, en sus ejemplos). En la p. 237 de Un actor se prepara (México: Diana, 2003), dice por ejemplo: “La finalidad fundamental de nuestra psico-técnica es ponernos en un estado creativo en el que nuestro subconsciente funcione naturalmente”.

Sin embargo, ¿no hay acaso una opacidad insuperable, una resistencia material –¿y no es acaso esto el cuerpo?– que se opone a toda recuperación, y que resiste a este presumido autocontrol? O sea, ¿no se pierde la espontaneidad del gesto apenas se ejerce un control y apenas emerge un auto-? ¿Auto-control y espontaneidad no son cosas que por definición se excluyen mutuamente?

¿Pero entonces qué hace el actor? ¿Debemos acaso concluir que nunca el actor entra plenamente en el régimen del cuerpo? ¿Que todo lo que hace es una simulación? ¿Qué actuar significa jugar la simulación del abandono, la ficción del cuerpo? (¿Artaud juega a hacer el loco o está loco cuando grita?)

¿Hace efectivamente el actor esta prueba de un cuerpo impenetrable precisamente cuando lo quiere controlar? ¿Hay pérdida de conciencia?

Millaray Lobos García, en el encuentro que hemos tenido el 23 de junio 2016, nos ha hecho pensar en la diferencia entre el control y el manejo. No hay un verdadero “control” en la actuación, porque se trata en cierto modo de dejarse transportar por el cuerpo, de estar fuera de sí, de perderse, del ejercicio de la espontaneidad. Pero hay, sí, manejo del desborde: hay maneras de entrenarse a olvidarse de sí, hay una praxis que se dirige a subir la intensidad de la vida hasta la pérdida del retorno reflexivo. Esta es quizás la actuación.

Ahí se vuelve a valorar cierta búsqueda del exceso. El cuerpo es gesto, en el sentido de un acto, y el acto es algo exorbitante en relación al control (o a la “acción”, según la oposición que hacía Carmelo Bene entre “acto” y “acción”).

Existe, al lado de un uso territorializado del cuerpo, para usar ahora el vocabulario de Deleuze, un uso desterritorializado, excesivo, exorbitante, inaprehensible, descontrolado. Deleuze dice, con un ejemplo muy eficaz, que “el seno de la mujer que da el pecho es «territorializado», pero el seno en el amor es «desterritorializado»”. O sea, se trata de nuevo, por un lado, de un cuerpo que responde a una función (un cuerpo orgánico u organizado), sometido a un control, a un uso definido y orientado, y, por otro lado, de un cuerpo en que la funcionalidad está excedida, un cuerpo sin órganos, que se mantiene en la “pura potencia en acto”, como diría Spinoza. Un cuerpo que, sin embargo, por exceder todo control, es también inercia, abandono, vacío, mera exposición, pasividad, vulnerabilidad. Un entregar(se), en el que uno no se (res)guarda, no guarda nada para sí, pierde la referencia del sí apropiado, o sea, no se conserva y no se aguanta del todo.

El cuerpo actuante es un cuerpo en el que no hay régimen de exclusión entre exterioridad e interioridad. Expuesto como un límite, como el contorno de una figura que no pertenece ni a la figura misma ni al fondo desde el cual la figura se destaca, el cuerpo fisura la presencia a sí, desborda en un no man’s land que escapa a todo imperium, es intervalo, suspensión de sí, síncopa, pero también es pasaje, movimiento, contacto.

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